Vuelve la Little People

“Abre los ojos-susurró Aomame.

Tengo abrió los ojos. Y el tiempo volvió a fluir en el mundo.

Se ven dos lunas-dijo Aomame.

Tengo irguió el rostro y miró al cielo. Las nubes se habían abierto y sobre las ramas secas del olmo de agua se divisaban los dos satélites: una Luna grande y amarilla y una pequeña luna verde y deforme. Móder y dóter. Su tonalidad teñía los extremos de las nubes que pasaban. Como los bajos de una falda larga que, por descuido, se hubieran remojado en tinte”

Para entrar en el mundo de dos lunas, también llamado el “pueblo de los gatos” ( un pueblo dominado durante el día por una profunda soledad y de noche por grandes gatos)   uno debe bajarse en la autopista de la  ruta 3 de Tokio , en un lugar reservado para paradas de emergencia , a la altura de un cartel de Esso con la leyenda de “Ponga un tigre en su automóvil”. Es recomendable escuchar en ese momento algo de Janacek o en su defecto de Michael Jackson, por ejemplo Billy Jean. Por unas escaleras de emergencia se desciende a un mundo llamado 1Q84 ( La Q en japonés suena como el 9) en  el que vigila la Little People, personitas con tendencia a salir de las bocas ajenas, ya sea el vacío existente en el cráneo de una cabra, o la boca del cadáver de un  desafortunado detective. Entre las prestaciones de la Little People se encuentra la capacidad de crecer o menguar a voluntad, eso sí, nunca superando estaturas de un metro ni disminuyendo por debajo de los tres centímetros. Son especialistas en extraer hilos del aire, mediante los cuales acaban por crear crisálidas en las que pueda   concebirse una nueva “daughter”, alguien cuya voz pueda inspirar a las criaturas de ese mundo enfermo.

Contado así, parecería que esta redacción es fruto de la ingestión de algún alucinógeno sumamente potente. Pero lo más preocupante es que si uno es ya adicto a Murakami y sus historias acaba por encontrar completamente normal que uno pueda cambiar de mundo ( como quien cambia de tren) simplemente bajándose de un taxi en una autopista. O que pueda ser posible la telefecundación cruzada en noches de tormenta (incluso creo que he llegado a ver a la Little People andando por los pasillos de mi trabajo, tejiendo sus hilos en medio de reuniones absurdas).

Es difícil no acabar enganchado ( incluso enamorado) de Aomame , la enigmática asesina que, siguiendo las indicaciones de un siniestro taxista,  embutida en un elegante vestido de falda verde, muy corta, y unos zapatos de tacón de Charles Jourdan, descendió por la escalera de emergencias para entrar en 1Q84 , el mundo que da título a la última novela de Haruki Murakami. A diferencia de Japón ( donde se publicó en un solo tomo) hemos tenido que esperar seis meses a saber como concluye. Otros, como los americanos,  han tenido que esperar a esta semana para conocer a Aomame , lo que habla de la legión de seguidores que el japonés tiene aquí.

Habrá gente de impecable criterio que considerará todas estas historias una simple patochada. Es tan absurdo intentar convencerles del interés de 1Q84 como los inútiles esfuerzos de Sabina por demostrar lz existencia de  un  arte excelso en el toreo.

“Todavía no se que mundo es éste. Pero , al margen de cómo sea, me quedaré, nos quedaremos. Esconderá sus propias amenazas y sus peligros. Y estará lleno de enigmas y contradicciones. En adelante quizá tengamos que tomar senderos oscuros que no sabemos a donde conducen . Pero todo eso no importa. Aceptaré este mundo como es. Ya no me moveré de aquí…”

Ya sea en 1Q84, el mundo de los gatos, o en este mundo real, las palabras de Aemome no dejan de ser sabias.

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