El Rio de Jarrett

Cuando tenía quince años y escuchaba a Genesis a todas horas, mis amigos los “enteraos” despreciaban mis prosaicos gustos, recomendándome de forma entusiasta un disco que había salido unos años atrás. Se llamaba Köln Concert y era de un tipo que no había escuchado nunca llamado Keith Jarrett. Hablaban también de que el pavo tenía muy mal carácter, y que en algunas ocasiones había dejado al respetable con las ganas por hacer ruido (algo que con el tiempo presencié en otro de sus mayores exponentes, Van Morrison). Rarezas al margen es cierto que aquel disco era algo grande, aunque me costó tiempo apreciar un disco tan largo construido solo con el sonido de un piano.
Jarrett lo publicó en 1975, un año después de comenzar su carrera en solitario con Facing you.
Aunque no deja de ser un tipo sospechoso, como diría Nick Hornby, por sus peligrosas aficiones a la llamada música clásica ( el tipo es un virtuoso de los barrocos tipo Bach o Haendel), cuando comenzó su carrera en solitario venía de haber tocado con algunos de los grandes maestros, desde Charles Lloyd o los Jazz Messengers de Art Blackey, a nada menos que Miles Davis. Y aunque de vez en cuando se reúne con sus amigos de siempre ( Garbarek, Charlie Haden, Dejonette) su carrera la ha ido construyendo como un orfebre a base de sus innumerables interpretaciones para piano. Buen discípulo de gente como Bud Powell o sobre todo Bill Evans, Jarrett es en si mismo todo un estilo.
Según contaba el guitarrista argentino Guillermo Bazzola, Jarrett considera que un músico de clásica y uno de jazz tienen circuitos mentales distintos y propósitos diferentes. Mientras el primero debería ajustarse lo máximo posible a la perfección formal de la interpretación de la partitura, el músico de jazz debe aspirar a todo lo contrario: adquirir una voz propia, original, inimitable. Hacerse con un estilo. De ahí le vienen sus habituales improperios a la forma de interpretar jazz de Wynton Marsalis, máximo representante del academicismo en el jazz.
Y es a través de sus improvisaciones en solitario, en un escenario cualquiera, donde alcanza la mayor expresión de su talento. Algo grande debe haber notado, cuando ha considerado su último disco, grabado una vez más con ECM en el teatro Municipal de Rio de Janeiro el 9 de abril pasado, y publicado con el nombre poco imaginativo de Rio, como su mejor disco en solitario en muchos años.
Y lo es. Son quince improvisaciones sobre blues, canciones de amor, o free jazz absolutamente admirables.
Posiblemente uno de los discos del año.

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