El genio de la lámpara de Taylor

 

Entre los cancioneros de música popular americana el de James Taylor es posiblemente uno de los grandes. Se extiende largo y tendido a lo largo de cerca de 45 años, desde que fuera con sus primeras canciones debajo del brazo para enseñárselas a los Beatles. Corría el año 1968 y éstos andaban en pleno proceso de grabación de su mítico Album blanco. Siempre se cuenta que cuando escucharon aquel Something in the way she moves de Taylor , no solo animaron a Apple Records a que produjeran su disco sino que el título de esta canción lo empleó Harrison para comenzar otro clásico Something, posiblemente dos de las canciones mejor encadenadas de la historia.

Por aquel entonces andaba Taylor metido hasta las cejas en un particular infierno de autodestrucción llamado heroína que le acompañaría intermitentemente durante una buena parte de aquellos años

Pero fueron precisamente entonces, durante la inolvidable década de los 70 ,cuando el inestable Taylor compuso la mayor parte de sus obras maestras. Si se analiza su discografía se comprueba que en esa década publicó ocho discos ( casi uno por año, si añadiéramos sus colaboraciones en otros ) , mientras que los 80 solo grabó 3, los 90 dos, y esta última década uno ( el estupendo October Road del 2002).

Desde entonces, discos de versiones (los dos volúmenes de Covers y otro de las inevitables canciones de navidad) para matar el gusanillo. Parece que el genio de la lámpara se marchó con la música a otra parte, a otra mente, o a otras manos.

El de Boston terminaba ayer su gira por España con un concierto en la Riviera, en Madrid, tras pasar por Barcelona y Bilbao. Para la ocasión había venido casi con lo puesto: una mini banda formada por tres dinosaurios: Jimmy Johnson al bajo Steve Gadd a la batería y Larry Goldings en los teclados; para dar aún más sensación de ser el abuelo cebolleta se trajo un viejo magnetófono con los coros pregrabados y a su mujer para que le hiciera alguna que otra armonía vocal.

Cuando vino a Madrid la primera vez en aquella extinta sala Acqualung vino con sus mejores galas, acompañado por una banda de lujo con cuatro vocalistas excepcionales: Arnold McCuller, David Lisley, Kate Marcowitz y la maravillosa Valerie Carter, una mujer que merece ya un post.

Sin nuevas canciones,  se dedicó a repasar su dilatada discografía , con especial atención a las más antiguas, las más determinantes, nadie discute la calidad de sus composiciones.

Si comparamos aquella primera gira con ésta, podría parecer que el veterano Taylor da sus últimas boqueadas. Pero, sin embargo, todas las crónicas coinciden en señalar que se encuentra en plena forma, con esa  voz tan inconfundible  casi exactamente igual que cuando tenía 20 años, y una claridad mental envidiable. Taylor dedicó su adolescencia a jugar con fuego y lluvia, pero salió del agujero sin aparentar un solo rasguño. Dedica ahora su vida a todo tipo de actividad social, y parece haber aparcado la composición de nuevas canciones a apoyar decididamente a Obama en su próxima campaña. Si es verdad o una simple excusa para esconder el abandono de aquel extraño genio que le susurraba las canciones, el tiempo lo dirá.

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