Vuelve el abuelo matraca

El martes pasado Bob Dylan sacaba a la venta su disco número 35 de los grabados en estudio, recibido con gran alborozo por la crítica mundial. Ya mire uno en The Guardian, Rolling Stone o The New York Times, los eruditos parecen haberse puesto de acuerdo por una vez en que estamos ante algo grande;: para algunos una de sus grandes obras, y para otros su canto del cisne al que parece contribuir el título ( Tempest), puesto que The tempest fue la última obra de Shakespeare. El propio Dylan ha desmentido esto último, aludiendo a la diferencia en el artículo ( The) que existe entre las dos obras. Pretencioso es el amigo, pero no parece que llegue al punto de querer compararse con Shakespeare. Curioso el comportamiento en general de la crítica musical una vez más: los que hace no mucho machacaban al huraño abuelo ahora le ponen por las nubes ante trabajos que no son sensiblemente muy diferentes de los que publicaba entonces.

Si es cierto que Robert Johnson aprendió a tocar la guitarra en un cruce de caminos tras vender su alma al diablo, muy cerca ha debido estar el Señor Dylan en busca de inspiración para componer este disco: uno imagina un pantanoso sendero, en medio de la niebla, cien años atrás, cerca del Mississippi. Sobre una omnipresente estructura de blues, con incrustaciones de country, folk y  swing, ( un compendio  en definitiva de la música americana del siglo XX,) se aposenta la voz de lija del abuelo matraca para ir desgranando un jugoso racimo de historias, que requieren ser escuchadas una y otra vez para apreciarlas adecuadamente.

Eso sí, si este disco cae en las manos de los científicos del CSIC que piensan que toda la música moderna es prácticamente  igual, considerarán que una vez más la realidad confirma sus tesis: me los imagino escuchando Narrow way o la propia Tempest y saliendo a tomar café para decir a los amigotes eso de “ ya te lo decía yo”. Letanías del abuelo jeremías que nunca hubieran visto la luz si no fuera el Sr Frost ( es decir el propio Dylan) quien lo produce.

Al margen de sus escudero habituales (Sexton, Kimball, Herron, Receli y Gartier) en este disco cuenta con su amigo Hidalgo, de los Lobos, y del gran Robert Hunter para la composición en el espléndido comienzo del disco (Duquesne Whistle).la guardia pretoriana, vamos.

Las letras, siempre uno de los puntos fuertes de los discos de Dylan abundan en monólogos verborreicos, en que se entremezclan historias ( triángulos amaoroso, pueblos malditos, trenes fantasmas, menciones al Titanic de Dicaprio y elegías extemporáneas a su amigo Lennon). A la manera de un buhonero que recorra las pueblos (sean estos villorrios o megápolis), contando romances de ciego, propios o ajenos.

Como en Scarlet Town ( por cierto título de una canción previa de Gillian Welch) , donde sobre los versos del cuáquero John Greenleaf Whittier levanta una preciosa historia. Las historias del abuelo matraca siguen siendo fascinantes.

In Scarlet Town, where I was born
There’s ivy leaf and silver thorn
The streets have names that you can’t pronounce
Gold is down to a quarter of an ounce
The music starts and the people sway
Everybody says, “Are you going my way? “
Uncle Tom still workin’ for Uncle Bill
Scarlet Town is under the hill.

Scarlet Town in the month of May
Sweet William Holme on his deathbed lay
Mistress Mary by the side of the bed
Kissin’ his face and heapin’ prayers on his head
So brave, so true, so gentle is he
I’ll weep for him as he would weep for me
Little Boy Blue come your blow horn
In Scarlet Town, where I was born

 

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