Objetos

 

Durante los últimos cuatro meses he tenido que sobrevivir sin plato. No sin un plato de comida, que casi podría haberse soportado, sino sin giradiscos para poder escuchar LPs ( palabra ya obsoleta que describe lo que la modernidad convirtió en vinilos).

Meses eternos en que uno tenía que conformarse con volver a contemplar una vez más esos objetos fascinantes en los que se comprime el trabajo de un músico.

Recordar la elegancia del disco blanco de los Beatles sin más adorno que el número de serie estampado en la portada; o las preciosas reproducciones con las que Joni Mitchell decora Mingus, uno de los mejores discos de jazz de todos los tiempos compuesto e interpretado por alguien que no sale en las enciclopedias del ramo; o bien los esbozos del Precious friends de Guthrie y Seeger ( también en blanco) o la vieja estación de tren de Manassas, o la desolada fotografía del Nebraska con un Springsteen con cara de niño.

Uno los tenía ahí, encima de su cabeza, y sentía en cierta forma su compañía, y de forma silenciosa llamaban su atención como diciendo: ¡eu tu, ya se que estás liado, pero estoy aquí, no lo olvides nunca¡

El País avisaba el domingo 15 de que estábamos llegando al final de la cultura de los objetos. Entusiasmados como estábamos por el mundo Apple, el carisma de su líder y la belleza de sus objetos , no nos hemos apercibido de que cuando “compramos” algo en Itunes no estamos comprando nada, sino simplemente arrendando un servicio personal e intransferible hasta el momento de nuestra muerte. Nos engañan una vez más haciéndonos creer que estamos comprando algo similar a aquello que es posible tocar, prestar o regalar.

Llevado por la avaricia compré en Amazon un libro excelente que ahora no puedo dejar a nadie si no es dejando el aparato en el que yo lo he leído. Sin embargo, la astucia de los nuevos mercaderes nos hace pagar tanto o más por el trabajo “intangible” que por el objeto físico, a pesar de que el anzuelo para su compra es precisamente el abaratamiento de costes que supone.

Para algunos a eso se le llama progreso. Como una tal Simona Bosé, de sospechoso apellido quien dice: “ todavía no aferramos a un romanticismo materialista de otra época. Hay objetos que todavía pertenecen al ámbito del coleccionismo o una valoración fetichista de un disco. Ahora ya no transportamos los objetos culturales, accedemos a su contenido”.

Algunos ansían un horizonte final donde pueda estar en una casa compuesta de una única habitación vacía con un solo artilugio de marca Apple en el que pueda escuchar , leer, o ver cualquier cosa que desee.

Desaparecerán los problemas ligados a quien se queda con la condenada colección de discos de mi padre o la absurda biblioteca de mi tía; no habrá ya nada que heredar, que recoger, que malvender. Ya nadie tendrá que soportar ese tomento de la herencia de bienes culturales ( como dice el gacetillero de El país) porque sencillamente no existirán los objetos culturales.

Para hablar con conocimiento de causa he utilizado durante más de un año libros electrónicos, discos electrónicos, películas descargadas… Para mi solo tienen una ventaja respecto a los objetos: aquellas vinculadas al desplazamiento, a la imposibilidad de poder viajar con todo aquello que te gustaría llevarte contigo solamente por el placer de saber que los tienes a mano.

Pero por lo demás en la comparación no hay color. Nada puede sustituir a la edición de Macbeth con ilustraciones de Dalí, nada reemplaza al vinilo de 180 gramos de What’s going on

Seguiré comprando objetos hasta mi muerte, y no arrendando servicios de Apple. Aunque fastidie un poco a mis herederos.

 

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