Melodías hammonianas

Hay instrumentos que indudablemente carga el diablo. Pueden servir para convertir en eterna cierta canción, pero a la vez te puede alterar gravemente medio encéfalo si prestas tus oídos a ciertas melodías construidas con el artilugio.
El órgano Hammond es el mejor ejemplo de lo que digo. Si ya tuvo bastante delito Laurens Hammond en inventar el artilugio, el disparate llegó al límite cuando se le asoció otro brillante invento de la empresa Leslie, que esparcía el sonido meloso-chillón por todo el auditorio, a la manera en que el granjero esparce el alimento a los cerdos.
Sí, ya se que gran parte del soul , el rock sinfónico o incluso el funky guardón de los 70 sería inimaginable sin él. ¿Cómo imaginar los Green Onions de Booker T & The MGs sin el Hammond? ¿O las epilepsias musicales de James Brown sin su cansino acompañamiento? Por no hablar del Gimme some living de The Spencer Davis Group con Steve Winwood en pleno delirio. O las alucinaciones espaciales en las que nos embarcaban tipos como Keith Emerson, Tony Banks o John Paul Jones en aquellos discos de los 70 de ELP, Genesis o Led Zeppelin. La torridez que alcanzaba Isaac Hayes en esos temas que te levantaban de la cama en las pegajosas noches de agosto no serían imaginables sin aquellos disparos a quemarropa del Hammond ( por cierto el amigo Hayes era experto en todo tipo de petardazo sonoro, desde unos corillos de bar de carretera a unas flautas con aromas de quena, como se observa en cualquier versión del Walk on by).
Pero cuidado…la línea de separación entre el prodigio y el espanto es muy fina. Algo que no pasa en cambio con la Rickenbaker, con el piano Steinway o el bajo Fender. En estos casos te podrá gustar más o menos el tema pero lo superas con facilidad si es un bodrio. Pero si tienes la mala suerte de tropezar con el órgano Hammond en manos desaprensivas, tu vida puede quedar maltrecha para siempre.
Algo de esto me pasó hace un par de días en Bogotá. La culpa la tuvieron Mañez y Maite Azules que me hicieron atender un soniquete corrosivo que salía de los altavoces de un famoso restaurante de la capital. Para que se hagan una idea , era algo similar a la música que acompaña a esos combos tan españoles constituidos por escalerilla, cabra , y trompeta que asolaron buena parte del territorio en los 80. Contra mi voluntad, me hicieron saber que el horadador cerebral que poco a poco inunda el comedor era nada menos que la Gata melosa , obra del inigualable Jaime Llano, natural de Titiribi, y autor de temazos como Ñito, Puntillazo y sobre todo el bombazo Orgullo de arriero. Hombre hecho a sí mismo que comenzó haciendo de demostrador de pianos en varias tiendas del ramo, pero que un aciago día decidió que aquello era lo suyo y comenzó a aprender a tocar el instrumento de forma completamente autodidacta para desgracia de la humanidad. Ya embalado se trasladó de Medellín a Bogotá para formar Los Maestros con otro que tal baila, Oriol Rangel. Tope de gama.
Distinguido con la Orden del arriero ha regalado su arte por medio continente americano para uso y disfrute de todo tipo de casa de comida, boliche, colmado o empresa de ascensores.
Podrán pensar que exagero. Yo solo puedo decir que sus melodías hammoneras fueron impregnando mis oídos como el veneno en el conducto auditivo del padre de Hamlet. Llegué al hotel y el cerebro entero se fue licuando con el recuerdo de Gata melosa. Desde entonces oigo Hammonds casi constantemente; se me escapan frases de Hammnd a mitad de los escritos, imagino cualquiera de las canciones de Wilco en la versión de Jaime Llano. Me han destrozado la vida.

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Una respuesta a Melodías hammonianas

  1. manyez dijo:

    En los créditos del A ghost is born, Jeff Tweedy agradece al Maestro Llano todo lo que ha hecho por la música… jajajajaja. Solo te ha faltado asociar el hammond con la yuca frita y el patacón pisao. Lo próximo: la quena 🙂

    un abrazo compañero

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