Schmilco: las apariencias engañan

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En 1971 Harry Nilson publicaba su séptimo disco de estudio en el que se incluía uno de sus mayores éxitos, el clásico Without You;. Se llamaba Nilson Schmilsson. Ayer 9 de septiembre Wilco publicaba Schmilco, un guiño a aquel disco, que bucea en las raíces más folkies de Wilco.

Podría sorprender que fuera grabado al mismo tiempo que el chirriante Star Wars , lanzado hace justo un año, como si ambos reflejaran las dos caras del grupo: la suave del Dr. Wilco y la afilada de Mr Hyde. El propio Tweedy comenta que salió antes Star Wars porque querían recrearse algo más en rematar Schmilco, pero ambos surgieron de la misma marmita.

Probablemente los más puristas saldrán una vez más decepcionados de esa “aparente” tendencia a la discreción que arrastra el grupo desde Sky Blue Sky. Todos esos que consideran que si Wilco no distorsiona y petardea a lo largo de diez minutos de aparato eléctrico no aportan nada; los que añoran los tiempos en que Tweedy era desgraciado y se lamentan de esa aparente idílica vida familiar que incluye discos y actuaciones con su hijo mayor.

Sin embargo, y con el aparente beneplácito del resto del descomunal grupo ( como se comprobó una vez más hace solo dos meses en Madrid) , Tweedy parece haber abandonado el camino de construir álbumes grandilocuentes y ambiciosos, destinados a competir en las ligas al mejor disco de la década, y como el chef que abandona su gran restaurante para volver a la tasca de su pueblo, Wilco se ha desviado por las carreteras secundarias que representan discos como los últimos, elaborados con canciones de apenas 3 minutos, micro relatos de lo que algún día fueron sus trabajos.

Alguien que escuche el disco superficialmente podría pensar que es el disco acústico y blandito del grupo, un disco discreto de gama baja. Pero como ellos mismos lo describen es, por el contrario algo “jubilosamente negativo”. Pocas veces Tweedy se ha confesado tanto, describiendo su vida menos pública en letras que incluyen algunos de los mejores y más directos versos que haya compuesto nunca.

Musicalmente aparenta ser un disco apenas susurrado, con el resto de los instrumentos dando un tímido y discreto envoltorio. Pero menudo envoltorio. Porque detrás sigue acechando una banda de una solidez y solvencia poco comparable,el arsenal de virtuosismos y distorsiones de Cline, el invisible soporte de Sansone, o la base rítmica que soporta el entramado de Stirrat y Kotche.

Cline cuenta que a diferencia de otros trabajos, Tweedy tenía muy claro lo que quería cuando fueron trabajando cada canción, una forma de expresar sus sentimientos sobre emociones pasadas y presentes, de preocupaciones sobre un futuro lleno de idiotas, una forma de catarsis en cierta manera.

Un disco que a manera de diario comienza con una versión demoledora de la infancia, siempre tan sobrevalorada, tan edulcorada, cuando a menudo es el siniestro campo de cultivo de muchos de los terrores, miserias y complejos que uno arrastra a lo largo de su vida: “tenía que huir de aquellos chicos normales americanos, siempre odié a aquellos chicos normales americanos “ (Normal American Kids). Algo que le lleva a preguntarse en el segundo tema si “ nunca he estado solo el tiempo suficiente para saber si realmente fui un niño”.

La desesperanza que arrastra este comienzo sigue estando bien presente en una de las joyas del disco, en que la voz y las guitarras se montan en la vagoneta que construye Kotche ( Cry all day”): “mírales a todos luchando, pero tu no puedes luchar contra ello, y yo lloro, todo el día, toda la noche, todos los días”.

Si alguien precisa de orfebrerías sonoras (eso sí, apenas susurradas, como si hubieran niños durmiendo), Common Sense ( con un desquiciante juego de punteos) y la desasosegante Locator ( “el localizador me escucha susurrando dentro de casa”) aportan ese estado de trance incómodo que identifica las atmósferas del grupo. Mientras Nope, a través de un ritmo marcado casi festivo ,describe la ácida versión de Tweedy respecto al tiempo actual: “¿para qué matar a un hombre si puedes volverle loco?”.

Canciones como Someone to love, Happiness y Quarters se adentran en el núcleo más íntimo de Tweedy, con referencias bastante explícitas a su pareja, su madre o su abuelo donde vuelve a aparecer esa desolada visión de la vida con frases que cortan como un cuchillo: “la felicidad siempre depende de aquel a quien echas la culpa” ( Happiness) , o a la vez la necesidad de encontrar siempre a alguien cuya ausencia nos haga sufrir ( “I hope you find someone to lose someday”).

Algunos verán en los calmados tempos de las tres canciones que cierran el disco una versión plácida y aburrida de los de Chicago, pero escuchar lo que dicen produce todo menos placidez: “ Ni somos el mundo ni somos los niños” ( crítica vidriólica a los conciertos por África del buenismo de los 80),, o su permanente desesperanza respecto a todo (“ a veces me gustaría liberarme de las cosas que aún me importan”

Schmilco. Algunos dirán que es un disco menor.

 

 

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