Los (verdaderos) Cohen

cohens

En Viena hay diez muchachas, 
un hombro donde solloza la muerte 
y un bosque de palomas disecadas. 
Hay un fragmento de la mañana 
en el museo de la escarcha. 
Hay un salón con mil ventanas. 
¡Ay, ay, ay, ay! 
Toma este vals con la boca cerrada. 
Este vals, este vals, este vals, 
de sí, de muerte y de coñac 
que moja su cola en el mar. 
Te quiero, te quiero, te quiero, 
con la butaca y el libro muerto, 
por el melancólico pasillo, 
en el oscuro desván del lirio, 
en nuestra cama de la luna 
y en la danza que sueña la tortuga. 
¡Ay, ay, ay, ay! 
Toma este vals de quebrada cintura. 
En Viena hay cuatro espejos 
donde juegan tu boca y los ecos. 
Hay una muerte para piano 
que pinta de azul a los muchachos. 
Hay mendigos por los tejados. 
Hay frescas guirnaldas de llanto. 
¡Ay, ay, ay, ay! 
Toma este vals que se muere en mis brazos. 
Porque te quiero, te quiero, amor mío, 
en el desván donde juegan los niños, 
soñando viejas luces de Hungría 
por los rumores de la tarde tibia, 
viendo ovejas y lirios de nieve 
por el silencio oscuro de tu frente. 
¡Ay, ay, ay, ay! 
Toma este vals del “Te quiero siempre”. 
En Viena bailaré contigo 
con un disfraz que tenga 
cabeza de río. 
¡Mira qué orilla tengo de jacintos! 
Dejaré mi boca entre tus piernas, 
mi alma en fotografías y azucenas, 
y en las ondas oscuras de tu andar 
quiero, amor mío, amor mío, dejar, 
violín y sepulcro, las cintas del vals.

Toma este vals. Federico García Lorca

La primera vez que vi la luna desde la Alhambra, una hermosa noche de primavera de hace ya muchos años, un amante de lo ajeno aprovechó para desvalijarme el coche llevándose consigo un regalo muy especial: el radioCD que me habían regalado personas muy entrañables con las que había estado trabajando cuatro años que nunca olvidaré. Entre los discos que escondía aquel aparato se encontraba el primer disco de Adam Cohen, que había descubierto en alguno de los programas de Santiago Alcanda. Imagino que el que encontró aquella excentricidad lo tiraría por algún barranco, o quizá adorne algún sembrao para espantar a los pájaros.

Lo compré por una canción que se llamaba Cry Ofelia: siendo hijo de quien era imaginé absurdamente que tal vez me diera algo de luz para entender por qué Hamlet la maltrató tanto. Pero Adam no era Leonard, ni la Ofelia de la canción, la víctima del príncipe.

So go on and cry Ophelia
It’s the only thing to do sometimes
You know I’m crying too, right there with you
It’s alright Ophelia, everybody cries
Adam es hijo de Leonard y de Suzanne, pero no la que inspire aquella “Suzanne take you down” ( un viejo y lúbrico amor platónico del canadiense), sino Suzanne Elrod, alguien tan excéntrico como don Leonardo según su hijo, quien pasó su infancia en un circo de dos pistas, si nos atenemos a sus propias palabras.

Adam lleva publicados cuatro discos, ninguno obviamente a la altura de los de su padre (por desgracia el genio no se hereda), pero sí contó siempre con el consejo y asesoramiento de éste. Es más, avergonzado de lo que había hecho con los dos primeros estuvo a punto de abandonar la profesión, quizá abrumado por el peso de su apellido. Tampoco era para tanto. Adam se resignó entonces a interpretar las canciones de su padre, reconociendo con sabiduría y resignación que era muy difícil estar a la altura de un padre que era, musicalmente hablando, un monstruo.

Algo debió decirle éste cuando retomó la composición y acabó publicando los meritorios Like a man ( en 2012) y We go home ( en el 14).

Como forma de devolverle alguno de los innumerables regalos, Adam produjo el último disco de Leonard, You want it darker, que se acabó convirtiendo no solo en un discazo a la altura de los mejores de su augusto padre, sino un sorprendente éxito de ventas en estos tiempos de reggetón y música cobarde.

Hace unos días Adam escribía su participar epitafio tras enterrar a quien tanto le enseñó:

“Hay tantas cosas por las que me gustaría darle las gracias, solo por última vez. Le daría las gracias por el consuelo que siempre me ha dado, por la sabiduría que me otorgó, por el maratón de conversaciones, por su cegador humor. Le daría las gracias por tenerme, por enseñarme a amar Montreal y Grecia. Y le daría las gracias por la música: primero por su música, que me sedujo de niño, después por apoyarme en mi propia música, y finalmente por el privilegio de poder hacer música juntos”.

En 1986 salía a la luz Poetas en Nueva York , la conversión en canciones de algunos de los poemas de Poeta en Nueva York , el libro de Lorca. Pese a sus reiteradas reticencias Cohen acabó componiendo la que sería una de sus más importantes canciones: Take this waltz. No conozco ninguna versión suya sobre el texto original de Lorca. Pero sí la interpretó su hijo. Difícil tener de padre a un talento así

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