Lo mejor de 2016: Lovers, de Cline

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Lástima no poder escuchar este acertijo sin conocer la respuesta hasta el final; pinchar este disco sin mediar palabra, en una sesión de eruditos conocedores de lo mejor de la música americana de las últimas décadas y tras media hora de audición retarles a identificar al autor de este trabajo. Una cata a ciegas: algunos lo rechazarían por demasiado suave y delicado, otro por estar pasado de moda, los demás puristas por ser demasiado “extraño”.

Y sin embargo lo que se esconde en este precioso trabajo de estándares del canciones americanas, realizado con un cuidado exquisito, es el primer trabajo para Blue Note de uno de los guitarristas más virtuosos, pero también más transgresores del panorama musical, Lovers es un disco que que Nils Cline llevaba décadas deseando hacer , ese tipo que con su imponente altura y sin mediar palabra alguna, suele incendiar los conciertos de Wilco cuando llega el momento de adentrarse en los enmarañados caminos de la distorsión.

Lovers es un disco para homónimos de paladar delicado, en el que Cline toma de punto de partida algunos de sus clásicos favoritos del estilo de Jerome Kern , Hammersmith o Rogers, para ir ampliando el abanico a clásicos del cine como Mancini , guitarristas como Jim Hall o Gabor Zsabo , maestros de ceremonias como Quincy Jones o sobre todo Gil Evans experimentalistas como Arto Lindsay o incluso un grupo como Sonic Youth ( una versión completamente diferente de Snare, Girl).

El grupo de Cline representa un mundo completamente diferente al de Wilco, con el arreglista Michael Lenhart al frente, acompañado por Erik Friedlander al viloncello, Yuka Honda al piano, y Zeena Parkins al harpa, vanguardia de una orquesta de cámara de más de 20 músicos. Pero comparte a la vez la capacidad de generar un mundo propio a partir de melodías que mutan a algo completamente diferente al pasar por sus manos.

Por ejemplo, el asombroso homenaje a Hall en Secret Love que comienza con un extraño ruido que no se sabe muy bien si es tu vecino de al lado dándole al serrucho en una mañana de domingo, o los del piso de arriba en plena actividad gimnástica sobre una cama que gruñe y se lamenta, para dar paso a una majestuosa lección de conversación entre instrumentos.

Según el propio Cline lo que pretendía es crear atmósferas sobre el amor y los amantes, respecto al deseo, la pasión, el sexo, la intimidad y como se relacionan con las canciones. Lo que ha conseguido es un estado de ánimo, en cuya urdimbre se encuentran películas antiguas de misterio y melancolía (it only has to happen once) , , los ruidos cotidianos que viene de la calle mientras dormitas en la cama, el trance del estado amoroso ( the search for cat), o la tristeza del final ( la deliciosa The bond con la que cierra el disco).

Uno no puede entender que un tipo capaz de dar cerca de 100 conciertos en un año de la exigencia que supone ser el solista a la guitarra de Wilco, tenga ún tiempo, constancia y talento como para sacarse de la manga un disco doble de estas dimensiones. Cada tema es un recorrido por la música de este último siglo, de esos compendios que deberían enviarse al espacio para dar cuenta de lo que es capaz de hacer el ser humano cuando está de gracia ( y si no lo creen escuchen Why was I born? De Kern y Hammerstein, y que fue bordada por Lady Day)

Que injusta es la vida repartiendo el genio. Y a la vez que generosa cuando nos deja disfrutar del talento ajeno.

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