Almuñecar…¿qué pasa?

sanko 2

Pues ahí estaba el tío. Apenas un cuarto de hora después de la hora señalada apareció su banda para ambientar la llegada del artista: desde el fondo apareció embutido en su terno negro con chaqueta blanca y desgranar lo más florido de su elegante repertorio, comenzando por esa maravilla llamada My Inspiration: y así, con idas y venidas desde su último disco, Just being me, hasta aquel ya casi lejano Born in black &White, Myles Sanko fue dando todo un ejemplo de lo que es un concierto de soul.
Pero el pequeño problema que tiene el soul es que no se puede escuchar sentado. Y los festivales de jazz de este país cada vez se parecen más a conciertos para amantes de Shostakovich o el pesado de Berlioz, en los que filas ordenadas albergan una muchedumbre variopinta entre la que se incluyen jubilados del inserso, familias locales a la búsqueda de algo de aire, desocupados-desorientados que ni saben quien canta, y una minoría entregada de amantes del artista.
De forma que las cosas fueron según lo previsto, con una entrada relajada y tranquila a cargo de Mr. Sanko, a base de esas baladas y medios tiempos a los que envuelve en su voz de terciopelo caliente (Shooting star), hasta que al cabo de la media hora preguntó en un perfecto granaíno: “Almuñecar, …¿qué pasa?”.
Y ahí se entregó a un soliloquio a mitad de camino entre la diatriba y la arenga, en la que claramente expresó que él no esperaba esto: que dónde demonios estaba esa pasión gitana y sangre española que cantó en su día Manolo Tena, que él no había venido a cantar solo, y que ya estaba bien de estar sentados, con lo que consiguió un doble efecto: movilizar de forma inmediata a los entregados a la causa del baile, arremolinados y arrebolados bajo el escenario, y despertar a la vez a la bestia que todo vigilante de concierto lleva dentro. Con lo que a la belleza de las canciones e interpretaciones de Sanko y su banda se le añadió un nuevo entretenimiento: las constantes idas (en los tiempos rápidos) y venidas (en los tiempos lentos) a los que el respetable (sección bailongos) se dedicó para crispación de los que dormitaban en sus asientos.
Eso sí, en un concierto en que cada balada era pura seda ( Sunshine, la joya de  Missing you), la chispa se encendió cuando don Myles decidió hacer su personal homenaje a Sir Marvin Gaye a través nada menos de Mercy Mercy me y un What’s going on que generó un estado de alienación y desenfreno que contuvieron a duras penas las fuerzas del orden ( dos fuerzas del orden que, con métodos algo expeditivos, impedían a los exaltados recoger sus mochilas).
Y ahí siguió la fiesta, enseñando al personal lo importante que son los sueños, la necesidad de creer en él ( Sanko) pero sobre todo en uno mismo en su Forever dreaming, con el que abría su segundo disco, hasta llegar a entonar lo que es casi un himno, Save my soul, ante la necesidad desesperada de los feligreses a esta particular forma de fe de encontrar la salvación en una de las religiones más maravillosas que existen: el soul.
Sanko nos salvó.

Y aún le quedó tiempo para aguantar paciente a una improvisada cola de gente que en plena exaltación quería que le firmara algo: la entrada, un recibo del banco, la servilleta del chiringuito que frecuenta “Fucking” Dominguez, o , en menor medida, algún disco.
Repartiendo sonrisas y fotos, incluso sin flash. Myles Sanko, un maestro del arte de vivir.

 

 

 

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