Quique González: Riesgo y altura

gonzalez y nina

Hay algo que tienen los conciertos que no tiene ninguna otra experiencia cultural: nunca sabes lo que te vas a encontrar por mucho que conozcas al artista o que éste se atenga generalmente a un determinado guion.
El pasado jueves tocaba en Salobreña con sus Detectives, Quique González. Le acababa de ver hacía muy poco tiempo en la nueva ubicación (horrible) de la Industrial Copera, y sobre el papel poco podía aportar de diferente sobre aquel concierto, apenas unos meses después. Pero gracias a las impagables gestiones de Pepe Marcapasos y la habitual habilidad para encontrar tesoros de Maite Azules tuvimos la suerte de toparnos con uno de esos conciertos que acabarán convirtiéndose en sagrados. Sobre el papel nada parecía contribuir: con cerca de 35 grados en la calle, escasa refrigeración y un local pequeño y atestado, uno podría esperarse lo peor.
Pero apareció el señor González a la llamada de esa solitaria cabina telefónica que le acompaña en la gira, en compañía de sus Detectives y de la apabullante presencia de la Inspectora jefe,Carolina de Juan ( “Nina”) de Morgan, más que una corista una invitada especial.
Comenzaron sin prisas, en un concierto sin pausas, de la mano de Detectives, la apertura de “Me matas si me necesitas”, un título que ya hace de por sí atractivo a un disco. Pero no fue ese habitual concierto en que se exprime hasta la última gota el último disco para promocionar su venta. Por supuesto que éste tuvo un peso relevante, pero el señor González dio un paseo con su camisa roja y su inevitable chaleco por toda la amplitud del repertorio, construido a base de reposo y talento a lo largo de veinte años, desde aquel Personal ( y sus Conserjes de noche) haciendo paradas en Pájaros Mojados (Pequeño rock’n roll),Kamikazes enamorados ( aún sin entrar en calor),la Noche americana ( Vidas cruzadas), Avería y redención, Daikiri Blues ( una versión casi susurrada de “Su día libre” ), Delantera mítica ( ¿Dónde está el dinero?), y de forma especial el que sigue siendo probablemente su mejor disco, el Salitre 48 con sus ya 15 años a la espalda.

quique
Es difícil decir por qué fue para mí el mejor concierto que he visto nunca de Quique González (y ya van siendo unos cuantos desde cuando vivía en Madrid). Tal vez fue la precisión de una banda y un equipo de apoyo que funcionaron con una precisión más propia de Van el irascible, con un superdotado Edu Ortega a las guitarras, violines y mandolinas, empleadas como si fuera “Manolenta”en sus tiempo gloriosos.

O la demostración de que por mucho que las hayas escuchado, sus mejores canciones siempre tienen la capacidad de volver a sorprenderte, como ocurrió especialmente con tres de ellas:

la primera, el homenaje particular ( y ya casi inevitable) a Enrique Urquijo, cuando aún apenas nadie le conocía, con una versión enlazada de “Aunque tú no lo sepas” con esa pequeña joya de tantas evocaciones que es “Reloj de plata” (“Antes de que caiga mi avión desengánchame, antes de perder el control desenrédame”).
La segunda la impresionante “La casa de mis padres”, una canción tan intimista y personal sobre la pérdida de los padres, capaz de convertirse en demoledora cuando hay una banda (de verdad) detrás, con la que cerró el concierto antes de las propinas
Y por último una canción suya que escribió en su momento pensando en que fuera interpretada por una mujer, una canción incluida también en Salitre 48. Escucharla en otra voz, cantada de otra forma, da la medida de hasta dónde puede llegar la capacidad de transmisión de esa canción. De haberlo sabido, cantada por Nina Morgan sobre la guitarra de Quique González, forma ya parte de ese conjunto de recuerdos que uno se llevará a la tumba, como muestra de que la vida, a veces, merece la pena.
“Peor que el olvido
fue frenar las ganas de verte otra vez
peor que el olvido
fue volverte a ver”.
Quique González: Riesgo y altura

Fotos: Maite Azules

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Canciones: lo que de verdad importa

tweedy togetner at last

 

 

“Broken hearts all around me, but I don’t feel a thing,”

Lost love. Jeff Tweedy

 

Hace unos días, escuchando con muy buenos amigos uno de los mejores discos de este siglo, Yankee Hotel Foxtrot, según comenzaron a sonar las primeras notas de Jesus etc rompimos a cantar a la vez. Y mi amigo Ales, con buen criterio, comentó que el disco será magnífico, con toda esa experimentación y reverberación que el disco tiene. Pero que al final, lo que importa , lo que nos emociona, son las canciones, y Jesus etc, es eso por encima de todo, una maravillosa canción.
Como si nos hubiera estado oyendo desde el escenario imaginario que siempre existe detrás de cada disco, ya sea en formato LP, Cd o mp ( o cualquier otra combinación de letras), escucho hoy con luces apagadas Together at last, el último disco de Jeff Tweedy: un disco “apagado” en su portada, en la que sólo se percibe una silueta, apenas iluminada por algunos focos, la silueta de un tipo que ha acabado convirtiendo su imagen en casi inconfundible gracias a ese extraño sombrero que gasta.
Un precioso disco amarillo, sin trampa ni cartón: sólo su voz, su guitarra y una armónica en algunos temas. Y no hace falta más que escucharlo una vez para comprobar que bajo esa apariencia de canciones complicadas, llenas de ruidos y virtuosismos , lo que subyace es pura y simplemente canciones, que sólo uno aprecia en toda su hermosura cuando están desnudas.
Por ejemplo Dawned on me, esa canción de The whole love que en ese disco suponía todo un despliegue pirotécnico; o el In the future age del Summerteeth, al que saca sonidos evocadores con su guitarra empastillada. Y por supuesto esas dos canciones del Yankee,… en que uno queda atrapado en sus juegos de manos, cuando por debajo discurren dos espléndidas canciones: I am trying to break your heart o Ashes of American Flags.
Y aprecio todo lo que puede dar de sí Hummingbird sólo con una guitarra y un silbido, lo diferente que puede llegar a sonar una canción como I ‘m always in love (también del alambicado Summerteeth) cuando sólo suena su melodía, o la emocionante que sigue siendo escuchar Sky blue sky.
Together at last quizá no aporta nada que un aficionado a Wilco no conozca ya. Salvo quizá esto: que por debajo de esa parafernalia de ruidos lo que existe habitualmente son buenas canciones.
Lo que de verdad importa.
“Windows open and raining in a room yellow, blue, gold and gray
The drunks were ricocheting
The old buildings downtown empty so long ago
Windows broken and dreaming
So happy to leave what was a home
With the sky blue sky, this ride in time wouldn’t seem so bad to me now”

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El ladrón de almas


En los años 80 Escocia se convirtió en un pródigo predio de música sensible, fabricada al amor del fuego y quizá del whiskey por una generación excepcional de orfebres. Así aparecieron grupos como Aztec Camera de la mano del exquisito Roddy Frame, Teenage Fanclub (siempre adorados en este blog), Jesus and Mary Chain, los descomunales The Blue Nile, Belle and Sebastian y su Arab Strap, Deacon Blue ( en honor de Steely Dan) por poner solo algunos ejemplos. Del Amitri fue otro de aquella camada. El grupo capitaneado por Justin Currie con la cómplice colaboración de Iain Harvie a las guitarras dejó para la historia una serie de excelentes discos en la transición de los 80 a los 90, en especial aquella tacada formada por Waking Hours, Change everything ( quizá su obra maestra) o Twisted en 1995. Después prácticamente nada, aunque formalmente no llegaron a separarse definitivamente.
Tras algunos entretenimientos con artistas de soul y sus colaboraciones con grupos como la banda de folk Blazin’ Fiddles o la Kevin McDermott Orchestra, Justin Currie inició una carrera en solitario llena de la misma sensibilidad y elegancia que prodigaba en Del Amitri. Su primer disco  What is the love for ya era una declaración de intenciones del mismos título. Desde entonces, de forma casi tan regular como un metrónomo, cada tres años de media, alumbra una nueva manifestación de su talento, oscuro y extraño y ligeramente melancólico: The great war, Lower reaches y ahora This is my Kingdom know, una exquisitez solo adquirible en formato mp3 hasta el momento.
Como explica él mismo, su reino es un extraño lugar rodeado de mares y aguas, en el que él es el rey y nos da la bienvenida a pesar de nuestras patéticas vidas:
Guess I got lucky
That God didn’t take me away
Administered to by flunkies
And baptised every day
But I think I’ve got it figured
I’ve fallen into hell somehow
So tell those vacant visitors
That this is my kingdom now

My name is God abre el album para dar idea de ante quien nos encontramos.
And I don’t need you my dears
I don’t need the hurting here
The murdering atmosphere –
My whole career undone
So, I don’t need anyone
Como podemos ir suponiendo estamos más cerca del Infierno que de ningún otro sitio, tal y como nos informa oportunamente en su página web.
Pero, sin embargo, esas trece impecables canciones con pequeños tesoros como Sydney Harbor Bridge, Failing to see, Crybabies o I’ll leave to you acaban siendo un bálsamo capaz de curar esas heridas que va dejando el tiempo, la ausencia o la culpa.
Si la semana pasada Myles Sanko “Save our souls”, esta semana toca que nos la roben. Pero sí ha de ser así mejor que lo haga Currie.
“ Silence in the house
balanced on the balcony
just a breath of wind could all
set it all tumbling free

look into my throat
whoever’s singing isn’t me
coz i’m a prisoner
of who all your listeners might be

coz my soul is stolen
taken in my shallow youth
and i’d love you all a lot
but hate if you mistook it for truth
my soul is stolen
i took it from a girl i knew
and i covered with it with trinkets
so that maybe you would think it was you

silence in the house
wherever can i be?
i’m on the rooftop calling
as all the souls are falling
like rain into the heart of me”

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Almuñecar…¿qué pasa?

sanko 2

Pues ahí estaba el tío. Apenas un cuarto de hora después de la hora señalada apareció su banda para ambientar la llegada del artista: desde el fondo apareció embutido en su terno negro con chaqueta blanca y desgranar lo más florido de su elegante repertorio, comenzando por esa maravilla llamada My Inspiration: y así, con idas y venidas desde su último disco, Just being me, hasta aquel ya casi lejano Born in black &White, Myles Sanko fue dando todo un ejemplo de lo que es un concierto de soul.
Pero el pequeño problema que tiene el soul es que no se puede escuchar sentado. Y los festivales de jazz de este país cada vez se parecen más a conciertos para amantes de Shostakovich o el pesado de Berlioz, en los que filas ordenadas albergan una muchedumbre variopinta entre la que se incluyen jubilados del inserso, familias locales a la búsqueda de algo de aire, desocupados-desorientados que ni saben quien canta, y una minoría entregada de amantes del artista.
De forma que las cosas fueron según lo previsto, con una entrada relajada y tranquila a cargo de Mr. Sanko, a base de esas baladas y medios tiempos a los que envuelve en su voz de terciopelo caliente (Shooting star), hasta que al cabo de la media hora preguntó en un perfecto granaíno: “Almuñecar, …¿qué pasa?”.
Y ahí se entregó a un soliloquio a mitad de camino entre la diatriba y la arenga, en la que claramente expresó que él no esperaba esto: que dónde demonios estaba esa pasión gitana y sangre española que cantó en su día Manolo Tena, que él no había venido a cantar solo, y que ya estaba bien de estar sentados, con lo que consiguió un doble efecto: movilizar de forma inmediata a los entregados a la causa del baile, arremolinados y arrebolados bajo el escenario, y despertar a la vez a la bestia que todo vigilante de concierto lleva dentro. Con lo que a la belleza de las canciones e interpretaciones de Sanko y su banda se le añadió un nuevo entretenimiento: las constantes idas (en los tiempos rápidos) y venidas (en los tiempos lentos) a los que el respetable (sección bailongos) se dedicó para crispación de los que dormitaban en sus asientos.
Eso sí, en un concierto en que cada balada era pura seda ( Sunshine, la joya de  Missing you), la chispa se encendió cuando don Myles decidió hacer su personal homenaje a Sir Marvin Gaye a través nada menos de Mercy Mercy me y un What’s going on que generó un estado de alienación y desenfreno que contuvieron a duras penas las fuerzas del orden ( dos fuerzas del orden que, con métodos algo expeditivos, impedían a los exaltados recoger sus mochilas).
Y ahí siguió la fiesta, enseñando al personal lo importante que son los sueños, la necesidad de creer en él ( Sanko) pero sobre todo en uno mismo en su Forever dreaming, con el que abría su segundo disco, hasta llegar a entonar lo que es casi un himno, Save my soul, ante la necesidad desesperada de los feligreses a esta particular forma de fe de encontrar la salvación en una de las religiones más maravillosas que existen: el soul.
Sanko nos salvó.

Y aún le quedó tiempo para aguantar paciente a una improvisada cola de gente que en plena exaltación quería que le firmara algo: la entrada, un recibo del banco, la servilleta del chiringuito que frecuenta “Fucking” Dominguez, o , en menor medida, algún disco.
Repartiendo sonrisas y fotos, incluso sin flash. Myles Sanko, un maestro del arte de vivir.

 

 

 

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la eterna juventud de Mavis Staples

Hace poco más de una década estaba completamente olvidada por la industria a la que había hecho rica décadas atrás. Porque la señora Mavis Staples lleva más de 60 años sobre los escenarios. Atrás habían quedado los primeros éxitos en compañía de sus hermanas con su padre al frente; después la experiencia inolvidable de acompañar a Martin Luther King ( amigo especial de la familia) hasta que los de siempre quisieron acabar con aquel hombre y su sueño.
Más tarde sus escarceos con Dylan quien ( según cuenta ella hasta llegó a pedir su mano, e incluso se pregunta así misma que hubiera ocurrido de haber aceptado la oferta del tarado de Minnesota); eran años de gloria, cuando fichó por Stax y unió sus voces al acompañamiento de nada menos que Booker T y los MGs. Pero cambiaron los tiempos y llegaron años oscuros, décadas oscuras de las que salió por su propio pie, obstinada en producir aquel Have a Little faith que se produjo ella sola. Dos monstruos la ayudaron a salir del agujero: primero Ry Cooder y después, y de forma muy especial un Jeff Tweedy que la acabó casi acogiendo como abuela. El de Wilco le produjo dos discos soberbios con los que volvió a estar en órbita.
Hace tres años Doña Mavis decidió reunir para su cumpleaños a mucho de lo más granado de los mundos que ella más ha transitado: por supuesto el soul (Aaron Neville, Joan Osborne), el blues (, Taj Mahal, Bonnie Raitt, Greg Allman, Keb Mo), el country-rock ( Emmylou Harris, Michael McDonald de los Doobies, Ryan Bingham,) el folk ( Glenn Hansard), el rock más contemporáneo ( Arcade Fire) y por supuesto Tweedy para grabar un concierto de dos horas en que los amigos dan un buen repaso a un repertorio descomunal. A no pasar por alto las versiones de Allman de Have a Little faith ( ya poco antes de morir) y la de Glen Hansard, maravillosa variación del People get ready.Aunque todo el disco merece una escucha sin distracciones de niños ni cenas.
No contenta con la publicación este año del documental que podría haber explotado a conciencia, la señora cambia de tercio y recurre a los más pizpiretos de los nuevos talentos para hacerse un disco a su medida: en el que la nueva forma de componer e interpretar se entremezcla con una voz y una manera única de cantar. De nuevo la capacidad de composición y la voz especial de Valerie June aparece por aquí para regarle High Notes, toda una declaración de estado vital. Pero también nada menos que Bon Iver (Justin Vernon), ben Harper, Neko Case, Laura Veirs o el divino Nick Cave ( impresionante su versión del Jesus Lay down besides me) , todo bajo la sabia y cuidadosa producción de M Ward , la mitad más uno de She & Him.
Acaba recordando a ssu amado Dr. King con una emocionante versión de MLK Song sobre la guitarra elegante de M Ward.
¡Larga vida Señora Staples¡

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El orden del tiempo de Valerie June

valerie june

 

Is there a light?
You have inside you
Can’t touch
A looking glass
Can only show you
So much
Follow the signs
Slowly but steady
Don’t rush
The day will come
When you are ready
Just trust
Dancing on the astral plane
Holy water, cleansing rain
Floating through the stratosphere
Blind, but yet you see so clear
Astral Plane. Valerie June.2017
La chica con mil y una serpientes en la cabeza ha vuelto para darnos una lección sobre el tiempo: no se ha metido a meteoróloga, sino que ha dirigido su talento a reflexionar sobre el paso del tiempo y convertirlo en música: 12 hermosos tesoros resumidos en cuatro palabras, The order of time.
Pushing against a Stone fue de largo uno de los mejores discos de 2013: tras aquel retrato lateral de delicada belleza, June desplegaba su colorido abanico de influencias y estilos, y que acababa convirtiéndose en una forma única y difícilmente confundible de hacer música: sí, sus raíces están sin duda en la música más negra, la que creció en las pequeñas iglesias de Tennessee a donde acudía con su padre, la que escuchó en los viejos discos de Bobby Womack, la que aprendió bajo los ecos del pedal Steel y el banjo en las fiestas campestres de su estado, cuna del country. Pero con todos esos ingredientes preparó en su mortero una extraña amalgama que los integra, transforma y reconvierte en algo irrepetible. Un nuevo estilo, simplemente un disco de Valerie June .
Desde el principio, con esa voz que se arrastra y musita por una carretera solitaria, con apenas acompañamiento de un par de guitarras y una percusión lastimera ( Long lonely road), hasta su personal versión  en Get Soul de lo que es el soul a estas alturas de la película ( ¡soul con violines¡), The order of time es una sucesión de estados de ánimo, tan melancólicos y hermosos como The Front Door (“Bound, farewell, I’m bound To leave you waiting by the front door”), en pleno trance de agitación (Shakedown), o la muestra más etérea de viaje astral desde el incomparable Astral Weeks de Van Morrison: se llama Astral Plane, y a uno le dan ganas de quedarse ahí a vivir, mecido por ese arrullo que va creciendo suavemente hasta dejarte sólo, volando, colgado en medio de la estratosfera.
Hay algo que lo domina todo, como lo dominaba ya en sus tres discos anteriores: esa voz nasal, única e inolvidable, capaz de irritarte y levantarte, calmarte y confortarte, que susurra y grita con la misma elegancia. Detrás apenas unas guitarras, el aroma a campo del pedal steel y los coros de iglesia por los que pasa desde su familia a su amiga Norah Jones. Envolviendo los personales lamentos de una cantante excepcional. Que te recuerda cómo “el recuerdo del amor que una vez tuviste se desvanece en el tiempo”
You can leave knowing
You did all you could
You could have said ten thousand words
Done all the things that you should

But time’s hands turn
To point straight your way
A memory faded to dust
Of a love you once made

Uno de los mejores discos del año. Y de la década.

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Sanko, el tipo del traje embutido

myles sanko.jpg

Con una introducción instrumental clásica y elegante al estilo de Donny Hathaway, en tiempos en que esta forma de entrar en harina ya no se estila, Myles Sanko iniciaba su último disco, Just being me. Aromas de alcoba con un líquido piano a lo Richard Tee, abre paso la canción que da título al álbum, donde la sombra de Bill Withers es más que alargada.
Sanko apenas tiene dos discos y medio pero constituye otro de los ejemplos del renacimiento del soul más clásico, el heredero de los Marvin Gaye, Wilson Pickett o Gil Scott Heron, siguiendo la estela que llevan labrandomás recientemente  tipos como D’Angelo, Maxwell, o Curtis Harding.
Uno pensaría que el tipo se crió en alguno de los suburbios de Detroit pero los orígenes de Sanko se encuentran en otro continente, África, y más concretamente en Ghana. Su adolescencia fue un reiterado viaje de ida y vuelta a Inglaterra para acabar siendo francés , recorrido en que fue tramando y perfilando su propio estilo musical, desde el rap al funk más delirante con el grupo Bijoumiyo, juramentado en torno a la improvisación continua y la ausencia de grabación alguna, lo que inevitablemente llevaba al desconcierto de sus seguidores, que nunca podían escuchar dos veces la misma canción, a la manera del agua del río de Heráclito. Pero el tiempo y la escucha atenta de los sampleos de sus raperos favoritos le llevó a descubrir la corriente profunda que fluía semienterrada, aquellos viejos maestros del soul de los 60 y 70 que configuraron su nuevo estilo, ya bien manifiesto en su primer EP , Born in black and White.
Just being me es otra vuelta de tuerca tras el magnífico Forever dreaming , un disco conceptual con la mezcla adecuada de amores desolados, angustias vitales y reivindicaciones sociales tan habituales en los buenos discos de soul . Así Promises comienza con una batería sobre la que cuelga una de las canciones de irritación política habituales en la discografía de Scott Hero (“Finally your promises/Your promises don’t mean a thing/To me, to them, my friends, you see”), tendencia que mantiene This isn’t living, envuelto en aquellas orquestaciones del final de los 70 y principios 80 que parecían haber pasado a la historia.´
Land of Paradise es en cambio una excursión al vecindario vecino, el del jazz, sin perder de vista de donde se viene, derivas que frecuentan con asiduidad Jose James o el mismo Gregory Porter.
Por el contrario Forget me not o I belong to you transita por la torridez más desaforada, la peligrosa embriaguez que impregna el amor y sus residuos.
Sanko andará dentro de unas semanas por aquí, embutido en sus trajes dos tallas menos de lo adecuado, como dice mi amiga Azules. Para no perdérselo

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