Lapido: inventando recuerdos

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“Lo dejó escrito al hacer testamento: las espinas son para el que cuida el rosal
todos los pétalos se los llevará el viento. Creedlo como si fuera verdad”
Creeedlo como si fuera verdad. Lapido.2017

Nadie puede decir que Lapido no lo hubiera avisado; el poeta de la desolación, lleva más de una década y media docena de discos alertando de que las reservas de esperanza están a punto de agotarse. Y pese a todo, no ceja en su particular denuncia, embutido en su oscura vestimenta y con su aire entre tímido y orgulloso.
Pocos discos más demoledores se han publicado en los últimos años,en letra y ambiente, que su último trabajo, el magnífico el Alma dormida (que imagino inspirada en aquel poema de Jorge Manrique,) no muy diferente en su tono que previas admoniciones como Formas de matar el tiempo, De sombras y sueños o Cartografía, uno de los discos de la década pasada.
Baste señalar las letras con las que comienza ¡Cuidado¡:
“Los letreros luminosos que hay en medio del desierto
Anuncian que el futuro abre puertas al amanecer
Creo que perdí las gafas para ver el lado bueno
El vaso medio lleno y el oasis donde quiera que esté”
El sábado último apareció en la Sala El Tren para presentar en sociedad el trabajo acompañado de su particular guardia pretoriana, Victor Sánchez en la otra guitarra, Raúl Bernal en los teclados y Popi González a la batería.
El repertorio de Lapido, cada vez más inabarcable, permite dos formas de degustación: una sosegada en el salón de tu casa, percibiendo la sutileza de letras y arreglos inevitablemente pesimistas, y otra especialmente adecuada para experimentar en garitos de sonido oscuro y contundente, el que transmite una banda de rock’n roll perfectamente engrasada. En ésta última es fácil dejarse llevar por su potencia y precisión sonora, ideal para cantar, gritar y bailar…en medio de una inmensa tristeza.
Es difícil decir cuál es más fiable, puesto que tanto una como otra nunca defrauda, dos formas de expresión distintas, una única forma de desencanto.
Por supuesto tuvieron una especial presencia las canciones del último disco, pero nuestro especial hombre de negro del panorama musical nunca olvida todos y cada uno de sus esfuerzos: así fueron entrelazándose, como en aquellos llaveros que se construían con cintas de plástico de colores cuando yo era pequeño, las nuevas adquisiciones del joyero ( La versión oficial, Como si fuera verdad), con los añejos destilados de la bodega ( La antesala del dolor, Luz de ciudades en llamas, El ángulo muerto).
Dos horas largas de poderoso despliegue, con dos momentos difíciles de olvidar: el demoledor cierre de Cuando el ángel decida volver ( “cuando el tren llegue al anochecer no habrá música de bienvenida, esfumada la esperanza y apagadas las colilla…”) y la versión personal de una de las canciones que forman ya parte de lo mejor de la historia de la música española: Algo me aleja de ti, aquel tema cuya letra su amigo Quique González olvidó cuando la interpretó en el mismo garito ante el propio Lapido hace ya unos cuantos años.
No es posible que cuando escuchas en directo a alguien que esconde en su arsenal tanta y tan variada munición, no se te clave una espina al comprobar que no interpretó ese tema para ti imprescindible. En este caso uno humildemente echó en falta la canción con la que cierra su último disco, En la escalera de incendios, un compendio de sabiduría sintetizada en seis renglones:
“Cajas en las que guardé el eco de tu voz y lluvias de enero
Cajas en las que dejé agonizar palabras que nunca escribí
Humo antiguo, retales de tiempo
Fragmentos de un resplandor
Falsifico el futuro después de inventar…recuerdos”

Siguen siendo imprescindibles los que llevan años alertando de la espantosa desnudez y decrepitud del Emperador.

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La muerte es real

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En las navidades de 2014 Geneviève Castrée intercambiaba correos sobre recetas, discos y las rutinas familiares con el productor Lars Gotrich; unas semanas antes habían salido a la calle los discos de Geneviève y de su marido Phil Elverum, cada uno por separado, y aún habían tenido tiempo para tener una hija, que durante unos cuantos meses no dejó dormir a nadie en aquella casa.
Cuatro meses después Geneviève era diagnosticada de un cáncer de páncreas en estadio 4; allí El sistema americano ya se sabe como es y las facturas según cuenta Gotrich comenzaron a acumularse en el escritorio de la familia, hasta el punto de que tuvieron que convertir en público lo privado y montar un crowdfunding con el que mantener los tratamientos.
No hizo falta, sin embargo, ampliar el círculo de donantes. En julio de 2016 Geneviève,reivindicativa cantante y admirada escritora de cómic, moría en su casa.
Pasaron dos meses: y un día Phil entró en la habitación en la que murió Geneviève y comenzó a tocar la guitarra de ella y a componer lo que necesitaba contar a todo el mundo: “ la muerte es real; hay alguien ahí y entonces ya no está; y no es por cantar sobre ello ni por hacer arte; cuando la muerte real entra en una casa, toda poesía es estúpida):
(Death is real
Someone’s there and then they’re not
And it’s not for singing about
It’s not for making into art
When real death enters the house, all poetry is dumb
When I walk into the room where you were
And look into the emptiness instead
All fails
My knees fail
My brain fails
Words fail
Crusted with tears, catatonic and raw
I go downstairs and outside and you still get mail
A week after you died a package with your name on it came
And inside was a gift for our daughter you had ordered in secret
And collapsed there on the front steps I wailed
A backpack for when she goes to school a couple years from now
You were thinking ahead to a future you must have known
Deep down would not include you
Though you clawed at the cliff you were sliding down
Being swallowed into a silence that’s bottomless and real
It’s dumb
And I don’t want to learn anything from this
I love you).

Conocí este disco a través de Angel Mena, ambos impresionados por una historia semejante. Podría temerse un disco lacrimógeno, incluso como señala el mismo Phil un intento ridículo de hacer arte. Pero Mount Eirie emplea su dolor para hablar de lo que ocurre tras la muerte, no en otra vida de probabilidad dudosa, sino cuando la muerte entra en una casa, en una pareja, en una familia, en un grupo de amigos, y alguien que estaba ahí todos los días,con sus estupideces y grandezas, ya no vuelve a aparecer. Y se comprueba día tras día su vacío, su recuerdo, el espacio que ocupa su ausencia. La imagen lapidaria de su cepillo de dientes en el vaso del baño.
El disco se sostiene en una voz inmensamente triste, una guitarra desnuda y algún tímido arpegio de piano. “Apenas música” denomina este estilo Elverum. Y eso es, apenas la música suficiente para no ser un poema o una letanía; donde aparecen como fantasmas los recuerdos que otros que le precedieron, haciendo apenas música para describir lo que sentían.
A lo largo de once canciones se va desgranando la pérdida a través de imágenes de la vida cotidiana: sacar la basura, el cepillo de dientes, nadar…sin olvidar la presencia de los cuervos en sus diferentes aspectos que le miran de forma persistente.
En esta impresionante canción, llamada Emptiness pt 2, Mount Eerie ( al alter ego de Elverum) escribe: “mola mucho hablar del vacío conceptual hasta que me vi dando vueltas por esos hospitales…”
La sencillez, la crudeza de Elverum nos colocan ante un escenario que buscamos consciente o inconscientemente ignorar: el hecho de que mañana, el mes que viene o dentro de un año a quien queremos tanto ya no esté. El disco de Mount Eerie no es un disco triste; es un disco lleno de la alegría de saber que aún no estamos ahí, en medio de la pérdida.

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Otoño

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“And it’s in my life and it’s all the time
It doesn’t go away when the church bells chime
In the evening time when I drink my wine
In the evening time when it’s on my mind
Melancholia, melancholia, melancholia”
Melancholia. Day like this. Van Morrison

El escritor Julian Hoffman, autor de The small heart of Things, escribia en Twitter: “Un bosque es esencialmente un campo de luz revestido de árboles. No son los árboles los que forman el bosque, sino la forma y disposición de los la luz residual, del cielo descendiendo entre los árboles”.
Leo la cita que me envía mi amigo David mientras recorro los colores que un otoño absurdamente seco deja en los bosques del norte de España. Y compruebo que es la luz la que construye el bosque, la que lo moldea y dibuja, explotando en dorado a mitad del día, difuminando en gris conforme avanza la sombra y se apura la tarde.
Luz que necesita del sonido  para construir el bosque, el simple sonido de las hojas arrastradas al caminar, de la alfombra que susurra conforme la recorren tus pasos; el sonido de las innumerables voces del río cercano, que recuerdan la de las paisanas a la puerta de la casa viendo caer la tarde, en que puedes diferenciar los tonos y timbres según caminas, a veces un griterío abarrotado, a veces solo un susurro.
Subido en el coche pruebo con intérpretes, canciones y estilos buscando la más adecuada para el otoño, el bosque, la tarde corta. Compruebo que hay estilos y tipos que adoras que aquí no encajan, como si ellos mismos protestaran por buscarles ese entorno para desparramarse. Y tras horas de prueba mientras avanza la oscuridad encuentro la música perfecta para estas circunstancias: se llama Van Morrison.
El mejor acompañamiento para las carreteras solitarias, los bosques de mil y un colores, los ríos en voz alta. Ya se llame Days like This, The healing game, The piper and the gates of dawn, Melancholia, In the afternoon, o In the forest, este tipo encarna como nadie el otoño, con todo lo que eso representa.

Un silencioso, grandioso, barato e impagable espectáculo, disponible una sola vez al año
By the sacred grove, where the waters flow
We will come and go, in the forest
In the summer rain, we will meet again
We will learn the code of the ancient ones
In the forest
By the waterfall, I will hold you in my arms
We will meet again by the leafy glade
In the shade of the forest
With your long robes on, we will surely roam
By the ancient roads, I will take you home
To the forest

In the forest, in the forest
In the forest, in the forest


 

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Andrea (i els camps de Cotó)

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Hace un par de semanas en un desangelado palacio de congresos volvió a Granada Andrea Motis con la banda de Joan Chamorro, impecable tras el contrabajo y echando mano del saxo tenor en algún momento del repertorio.

Apenas tiene 22 años pero parece que lleva cuarenta paseando por los escenarios, acompañada de una voz hermosa (sin ser prodigiosa) y una trompeta que maneja con elegancia. Junto al virtuoso Ignasi Terraza al piano dio una vuelta a su habitual repertorio incluyendo algunas de las canciones que grabó para Impulse¡ el mítico sello que publicó discos emblemáticos de John Coltrane por poner un ejemplo. Se llama Emotional Dance y una vez más alterna bossa, estándares y canciones de la banda compuestas en buena parte por Chamorro y cantadas en catalán.

Los clásicos del jazz los interpreta con corrección ya sea Body and Soul o My favorite things, pero donde mejor se desenvuelve en sus versiones de la bossa especialmente adecuada a la delicadez de su voz. De una a otra fue alternando durante la hora y media de actuación frente a un público numeroso ( aunque bailaba en un auditorio tan enorme) y entregado de antemano.

Su último disco incluye una canción preciosa. Se llama Louisiana o Els Camps de Cotó de Els Amics de les Arts

Andrea no la tocó. Como no interpretó ninguna canción en catalán que forma buena parte de su repertorio. Tal vez fuera una casualidad. Tal vez decidió dedicarse a cantar solo en inglés o en portugués. Prefiero pensar que fue eso. Porque si la explicación es otra muy mal van las cosas.

Diu que ha anat fent al seu aire,
que ha fet vida a mil ciutats,
que ha dormit en llocs que feien feredat
,i que tu, mare, mai haguessis aprovat.
Que està content, que tot va bé.
Diu que està content, que tot va bé.
Hi ha com unes coordenades,
diu que us ho ensenyi, que us ho posi al Google Maps.
I diu que un dia, de passada,
va fer nit en un poble i que s’hi va acabar quedant.
Que és des d’aquí, des d’on escriu.
Diu que té una casa lluny de tot i un quatre per quatre.
I quan baixa al poble a omplir el rebost, sabeu què li passa?
Que el despatxa un avi que li fa pensar en algú.
Que li fa pensar en algú…
Ha estimat noies i dones.
Diu que més d’una li va fer perdre el nord.
Però diu que amb aquestes coses, ja se sap,
quan menys t’ho esperes és quan tens un cop de sort.
I que estan bé, que els hi va bé.
Diu que té una filla de tres anys amb els teus ulls, pare.
Que ell sempre li parla en català i fot molta gràcia
perquè quan la posa al llit, hi ha dies que confon
bona nit i pantalons.
Diu que vist amb perspectiva
té molt clar que aquí no hagués estat feliç.
Però reconeix que això de desaparèixer tan tranquil, sense avisar-nos,
és marxar amb molt poc estil.
I que amb el temps, que ho cura tot,
tot s’anirà posant a lloc.
Diu que des del porxo veu un cel que no te l’acabes.
Que a la nit sempre surt a fumar i pensa en nosaltres.
I que, per molt lluny que estigui, no hem de tenir por,
quan s’hi hagi de ser, hi serà.
Diu que un dia hi hem d’anar, que l’avisem amb temps, però que té llits de sobres.
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La elegante pirotecnia de Jacobo Serra

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El chasquido de unos dedos se convierte en una percusión y sobre ese esqueleto se construye una canción que habla de hielos y deshielos. No te queda más remedio que dar palmas o chasquear los dedos, dejarte llevar por un ritmo al que se abraza la voz, las guitarras, tu propio cuerpo mientras te mueves a su ondulante, adictivo y sinuoso ritmo. Que no te va a dejar prácticamente en las siguientes nueve canciones.
Así comienza el primer tema del nuevo disco, el segundo largo, de Jacobo Serra, uno de los músicos más exquisitos del panorama, desde que decidió elegir de una vez por todas la música, en lugar del pastoso mundo del derecho y sus aledaños.
Un disco que parece construido desde las percusiones, que dibujan la pauta sobre la que se construyen las canciones, como sucede en la exultante la Brecha, la adictiva En tu volcán, el ritmo exultante de 4 A.M (con una sección de viento y guitarra casi funky que casi recuerda a Nile Rogers), o en el tema que da título al disco (con letanía incorporada).
En un mundo polar, Deshielo sigue a Icebergs,  un EP de pocas canciones, y supone un cambio sustancial en su forma de componer, puesto que dio el paso (¿definitivo?) de componer en español y no en inglés como ocurría hasta entonces. Para esta aventura le ha acompañado Juanma Latorre de los Vetusta Morla, grupo que tiene que ver mucho en ese cambio de tendencia, según el mismo contaba a Angel Carmona en el concierto de presentación del disco en El Sol: escuchando el multitudinario concierto de los Vetusta en Madrid hace dos años quedó impresionado al ver lo que puede suponer que todos los asistentes sepan de memoria la letra de una canción.
Guiado por mi inseparable heurístico de representatividad, mi pequeño cerebro musical tarda en encontrar las canciones representativas de Jacobo Serra. Mi amígdala espera guitarras, voz ligeramente melancólica y una parrafada en inglés, lo que espero cuando escucho a Josh Rouse , a Jeff Tweedy o a Paddy McAloon; las orejas se sorprenden y reorientan buscando la acostumbrado, lo cómodo y previsible. Dura poco la inquietud.
Es curioso lo espantosas que suenan las canciones de ingleses o americanos haciendo versiones en español, y como sin embargo no encuentro nada extraño escucharle a Serra cantar en castellano. No es mejor ni peor, porque lo que de verdad importa son las canciones y las de Jacobo son magníficas en una lengua u otra.
Sí es un disco pop (término que emplea mi compañera de despacho con cierta conmiseración para referirse a mis aficiones). Pero de alguien que tiene a Los Beatles como padre al que debería matar en sentido freudiano para poder progresar, ese posiblemente sea el mayor elogio. Cuya mejor demostración tal vez sea Nada es perfecto, un estribillo que da tantas vueltas en el cerebro como un chupito de Lagavulin.
Afortunadamente siguen encontrándose canciones que acunan y sosiegan, incluso estremecen: a veces apenas una guitarra acompañada por un delicado punteo, un coro casi imperceptible y algo de viento (vacaciones en el mar), otras un solitario piano sobre el que se lamenta la voz (el imperio), o incluso un desgarrado lamento en medio de ninguna parte , en donde la cuerda amenaza con romperse (Mientras estés ahí).
No es el castellano el único cambio; Deshielo suena como un disco de Serra pero a la vez es algo completamente diferente: sin duda Juanma Latorre tendrá su parte de responsabilidad pero el cambio sustancial es el estilo del propio disco, muy diferente a los anteriores. Jacobo Serra ha dejado la banqueta , se ha subido al trapecio y ha dado un salto mortal. Y ha caído, como de costumbre, de pie.

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La tienda de las primicias imposibles

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Hoy se publica en todo el mundo el último disco de Van Morrison, el irascible e inaguantable genio de Belfast. Bueno, en todo el mundo, salvo en un pequeño reducto granaíno, donde la versión en vinilo del Roll with the punches luces primorosamente enmarcado en sus vitrinas desde hace ya unos cuantos días, y donde es posible comprarlo como si fuera la tienda de debajo de casa del irlandés. Ese reducto se llama Marcapasos y sigue siendo un milagro en estos tiempos de descargas, mp3 y músicas de usar y tirar. Un lugar donde a la música, los artistas y sus creaciones se les trata con mimo exquisito, se conocen sus miserias y grandezas, y se identifica lo que hará feliz al parraquiano fiel según entra por la puerta.

Tal vez por alguna carambola del destino, o más bien por una fórmula inexplicable de justicia poética, el disco de este hombre haya acabado estando en Marcapasos antes que en la mayor parte de los vistosas, ostentosas y estandarizadas negocios que lo mismo te venden el roto que el descosido.

El viernes pasado me quedé embobado ante la luz tenue del escaparate como cuando de pequeño miraba el traje de fútbol inalcanzable junto a la tienda de mi abuelo: allí estaba esa fotografía en blanco y negro tan políticamente incorrecta de dos tíos ya maduros zurrándose la badana entre las cuerdas del ring, como en las películas de james Cagney o de Clint Eastwood.

Roll with the punches quizá no figure entre la lista de los 10 discos de Van Morrison que uno se llevaría a una isla desierta, tarea que sería de todo menos sencilla…O tal vez sí. Es cierto que no es estrictamente un disco de nuevas canciones. Se centra y concentra en elaborar cuidadosas versiones de viejas canciones de blues de cuando empezaba a tocar con Them en los inicios de la década de los 60; vuelve a reinterpretar una de sus canciones fetiche, el Lonely Avenue de Doc Pomus ( esta vez en unión de Stormy Monday) que ya versioneó en una inolvidable toma en A night in San Francisco, uno de los mejores discos en vivo jamás grabados,.  Recupera el Bring it on home to me de su siempre adorado Sam Cooke, o el Benediction de Mose Allison, otra permanente presencia, por no mencionar la ya casi olvidada Goin’ to Chicago del maestro de ceremonias Count Basie.

Pero junto a esa colección de primorosas versiones, casi tan a regañadientes como racanea un bis en un concierto, regala con cuentagotas cinco “pequeñas” nuevas canciones comenzando por dos blues, el que da título al álbum,y el de Ordinary People, y siguiendo por una de esas canciones que borda, Transformation, que podría perfectamente haber quedado en algún cajón en los tiempos gloriosos del Time like this o The healing games: un tema de otoño ventoso, cielo encapotado y whiskey ahumado junto a la lumbre. Para seguir con el traqueteo sobre la armónica de Paul Jones de Fame, que da paso a otra joyita que acarrea demasiados problemas ( Too much troubles), una de esas cadencias llenas de swing con aromas a un Moondance del siglo XXI,sobre ese puente que se monta a mitad de la canción y sobre la que uno resbalaría una y otra vez a lomos del piano de Jason Rebello.

Como muestra de su carácter” menor” Roll with the punches supone un mano a mano con dos bueyes sagrados del negocio: por un lado Chris Farlowe en las voces, y por otro Jeff Beck, un resucitado de entre los muertos, recién llegado del Averno que viene a recordar lo que supone tocar realmente una  guitarra

Una lección del mismo calibre, por cierto,que la que se monta con la armónica Ned Edwards en la versión del Automobile blues.

Un disco menor dicen algunos. Tan menor como la tienda que lo luce en su maravilloso escaparate.

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Un Cicely en Sierra Nevada

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Hay un pequeño pueblo a la espalda de Granada, tan cerca de ella que pasa desapercibido para muchos de los habitantes de la ciudad, como esos objetos que no vemos y con los que tropezamos al estar justo debajo de nosotros. Monachil es un cruce entre el Cicely de Doctor en Alaska y el pueblo de Amanece que no es poco. Tiene una estación de esquí de las más importantes de Europa, y una estrecha garganta que si estuviera en Barcelona ya habría desencadenado movimientos anti-turistas de la avalancha de visitas que recibe.

Pero como ocurría con Cicely y el pueblo de la película de Cuerda lo mejor de allí no son sus paisajes, sus alicientes turísticos ni sus atracciones de feria. Es pura y simplemente su gente, una curiosa mezcla de paisanos que no han salido del valle y cuidan ganado, con una variopinta colonia extranjera en que pueden encontrarse personajes de los cinco continentes ( doy fe), desde Senegal a las islas Feroe.

Por supuesto hay bares, en apañao grupo de garitos de amplio espectro, desde aquellos en que la tapa es poco más que una raja de embutido en un trozo de pan a un restaurante recomendado por la Michelin.

Pero si hay algo que comparte todo el pueblo es la afición a la música, aunque no se entienda.

Porque yo me creo que todo un pueblo andaluz puede entender en toda su extensión algo tan complicado como es el Swing de las grandes orquestas americanas de los años 50, aquellas de Count Basie y Benny Goodman. Pues aunque nadie lo crea Monachil organiza desde hace más de 6 años un festival de swing en que el pueblo entero se echa a la calle para darlo todo en su peculiar y personal forma de entender el swing, tantas en realidad como aficionados que aparecen en la explanada para escuchar a orquestas llegadas de medio mundo

Un fenómeno atmosférico. O más bien estratosférico.

Como demostración de que el tiempo allá es diferente a esa unidad de medida limitada, angustiosa y estresada a la que estamos sujetos el resto de la humanidad, de forma parecida al sistema métrico decimal, en Monachil es posible encontrar un lugar que parece que no cierra nunca, en donde corretean niños enanos, pastores amantes del jazz, visitantes desorientados de almas partidas y los asombrosos talentos locales de todas las ramas del arte.

Se llama la Chistera, y allá puedes levantarte una pizza mientras ver pasar el río y lo que arrastra desde dentro de tu cabeza.  No hay sitio igual en toda la provincia, y difícilmente en todo el país.

Asombrosamente cada domingo a media tarde se celebra con la religiosidad y puntualidad de una misa una jamm sesión de las que ya no existen. No, no es una jam de aficionados que dan la matraca a sus vecinos con sus avances en el uso de la baqueta o el arpa de boca.

Son músicos de los que aplaudimos con furor en festivales de jazz de esos de rancio abolengo y nombres de reclamo; tipos y tipas quizá poco conocidos pero que ya quisieran muchos llevarles las maletas cuando salen de gira

Hace poco menos de un mes por la Chistera estuvo la impresionante Nita Aartsen con Javier Delgado antes de marchar para el norte de Europa,

Y hace dos fines de semana se inauguró la temporada de jams en la plaza del pueblo, como ocurría con los grandes eventos de Amanece que no es poco; o como sucedía todo lo que merecía la pena en el Brick el bar de Holling de Doctor en Alaska

Todo el pueblo en la calle comiendo la ensaladilla de Mar, bebiendo cerveza y escuchando buen jazz alrededor de la medianoche

Mañana de nuevo, habrá jam. Para no perderse y a la vez…para perderse

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