la eterna juventud de Mavis Staples

Hace poco más de una década estaba completamente olvidada por la industria a la que había hecho rica décadas atrás. Porque la señora Mavis Staples lleva más de 60 años sobre los escenarios. Atrás habían quedado los primeros éxitos en compañía de sus hermanas con su padre al frente; después la experiencia inolvidable de acompañar a Martin Luther King ( amigo especial de la familia) hasta que los de siempre quisieron acabar con aquel hombre y su sueño.
Más tarde sus escarceos con Dylan quien ( según cuenta ella hasta llegó a pedir su mano, e incluso se pregunta así misma que hubiera ocurrido de haber aceptado la oferta del tarado de Minnesota); eran años de gloria, cuando fichó por Stax y unió sus voces al acompañamiento de nada menos que Booker T y los MGs. Pero cambiaron los tiempos y llegaron años oscuros, décadas oscuras de las que salió por su propio pie, obstinada en producir aquel Have a Little faith que se produjo ella sola. Dos monstruos la ayudaron a salir del agujero: primero Ry Cooder y después, y de forma muy especial un Jeff Tweedy que la acabó casi acogiendo como abuela. El de Wilco le produjo dos discos soberbios con los que volvió a estar en órbita.
Hace tres años Doña Mavis decidió reunir para su cumpleaños a mucho de lo más granado de los mundos que ella más ha transitado: por supuesto el soul (Aaron Neville, Joan Osborne), el blues (, Taj Mahal, Bonnie Raitt, Greg Allman, Keb Mo), el country-rock ( Emmylou Harris, Michael McDonald de los Doobies, Ryan Bingham,) el folk ( Glenn Hansard), el rock más contemporáneo ( Arcade Fire) y por supuesto Tweedy para grabar un concierto de dos horas en que los amigos dan un buen repaso a un repertorio descomunal. A no pasar por alto las versiones de Allman de Have a Little faith ( ya poco antes de morir) y la de Glen Hansard, maravillosa variación del People get ready.Aunque todo el disco merece una escucha sin distracciones de niños ni cenas.
No contenta con la publicación este año del documental que podría haber explotado a conciencia, la señora cambia de tercio y recurre a los más pizpiretos de los nuevos talentos para hacerse un disco a su medida: en el que la nueva forma de componer e interpretar se entremezcla con una voz y una manera única de cantar. De nuevo la capacidad de composición y la voz especial de Valerie June aparece por aquí para regarle High Notes, toda una declaración de estado vital. Pero también nada menos que Bon Iver (Justin Vernon), ben Harper, Neko Case, Laura Veirs o el divino Nick Cave ( impresionante su versión del Jesus Lay down besides me) , todo bajo la sabia y cuidadosa producción de M Ward , la mitad más uno de She & Him.
Acaba recordando a ssu amado Dr. King con una emocionante versión de MLK Song sobre la guitarra elegante de M Ward.
¡Larga vida Señora Staples¡

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El orden del tiempo de Valerie June

valerie june

 

Is there a light?
You have inside you
Can’t touch
A looking glass
Can only show you
So much
Follow the signs
Slowly but steady
Don’t rush
The day will come
When you are ready
Just trust
Dancing on the astral plane
Holy water, cleansing rain
Floating through the stratosphere
Blind, but yet you see so clear
Astral Plane. Valerie June.2017
La chica con mil y una serpientes en la cabeza ha vuelto para darnos una lección sobre el tiempo: no se ha metido a meteoróloga, sino que ha dirigido su talento a reflexionar sobre el paso del tiempo y convertirlo en música: 12 hermosos tesoros resumidos en cuatro palabras, The order of time.
Pushing against a Stone fue de largo uno de los mejores discos de 2013: tras aquel retrato lateral de delicada belleza, June desplegaba su colorido abanico de influencias y estilos, y que acababa convirtiéndose en una forma única y difícilmente confundible de hacer música: sí, sus raíces están sin duda en la música más negra, la que creció en las pequeñas iglesias de Tennessee a donde acudía con su padre, la que escuchó en los viejos discos de Bobby Womack, la que aprendió bajo los ecos del pedal Steel y el banjo en las fiestas campestres de su estado, cuna del country. Pero con todos esos ingredientes preparó en su mortero una extraña amalgama que los integra, transforma y reconvierte en algo irrepetible. Un nuevo estilo, simplemente un disco de Valerie June .
Desde el principio, con esa voz que se arrastra y musita por una carretera solitaria, con apenas acompañamiento de un par de guitarras y una percusión lastimera ( Long lonely road), hasta su personal versión  en Get Soul de lo que es el soul a estas alturas de la película ( ¡soul con violines¡), The order of time es una sucesión de estados de ánimo, tan melancólicos y hermosos como The Front Door (“Bound, farewell, I’m bound To leave you waiting by the front door”), en pleno trance de agitación (Shakedown), o la muestra más etérea de viaje astral desde el incomparable Astral Weeks de Van Morrison: se llama Astral Plane, y a uno le dan ganas de quedarse ahí a vivir, mecido por ese arrullo que va creciendo suavemente hasta dejarte sólo, volando, colgado en medio de la estratosfera.
Hay algo que lo domina todo, como lo dominaba ya en sus tres discos anteriores: esa voz nasal, única e inolvidable, capaz de irritarte y levantarte, calmarte y confortarte, que susurra y grita con la misma elegancia. Detrás apenas unas guitarras, el aroma a campo del pedal steel y los coros de iglesia por los que pasa desde su familia a su amiga Norah Jones. Envolviendo los personales lamentos de una cantante excepcional. Que te recuerda cómo “el recuerdo del amor que una vez tuviste se desvanece en el tiempo”
You can leave knowing
You did all you could
You could have said ten thousand words
Done all the things that you should

But time’s hands turn
To point straight your way
A memory faded to dust
Of a love you once made

Uno de los mejores discos del año. Y de la década.

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Sanko, el tipo del traje embutido

myles sanko.jpg

Con una introducción instrumental clásica y elegante al estilo de Donny Hathaway, en tiempos en que esta forma de entrar en harina ya no se estila, Myles Sanko iniciaba su último disco, Just being me. Aromas de alcoba con un líquido piano a lo Richard Tee, abre paso la canción que da título al álbum, donde la sombra de Bill Withers es más que alargada.
Sanko apenas tiene dos discos y medio pero constituye otro de los ejemplos del renacimiento del soul más clásico, el heredero de los Marvin Gaye, Wilson Pickett o Gil Scott Heron, siguiendo la estela que llevan labrandomás recientemente  tipos como D’Angelo, Maxwell, o Curtis Harding.
Uno pensaría que el tipo se crió en alguno de los suburbios de Detroit pero los orígenes de Sanko se encuentran en otro continente, África, y más concretamente en Ghana. Su adolescencia fue un reiterado viaje de ida y vuelta a Inglaterra para acabar siendo francés , recorrido en que fue tramando y perfilando su propio estilo musical, desde el rap al funk más delirante con el grupo Bijoumiyo, juramentado en torno a la improvisación continua y la ausencia de grabación alguna, lo que inevitablemente llevaba al desconcierto de sus seguidores, que nunca podían escuchar dos veces la misma canción, a la manera del agua del río de Heráclito. Pero el tiempo y la escucha atenta de los sampleos de sus raperos favoritos le llevó a descubrir la corriente profunda que fluía semienterrada, aquellos viejos maestros del soul de los 60 y 70 que configuraron su nuevo estilo, ya bien manifiesto en su primer EP , Born in black and White.
Just being me es otra vuelta de tuerca tras el magnífico Forever dreaming , un disco conceptual con la mezcla adecuada de amores desolados, angustias vitales y reivindicaciones sociales tan habituales en los buenos discos de soul . Así Promises comienza con una batería sobre la que cuelga una de las canciones de irritación política habituales en la discografía de Scott Hero (“Finally your promises/Your promises don’t mean a thing/To me, to them, my friends, you see”), tendencia que mantiene This isn’t living, envuelto en aquellas orquestaciones del final de los 70 y principios 80 que parecían haber pasado a la historia.´
Land of Paradise es en cambio una excursión al vecindario vecino, el del jazz, sin perder de vista de donde se viene, derivas que frecuentan con asiduidad Jose James o el mismo Gregory Porter.
Por el contrario Forget me not o I belong to you transita por la torridez más desaforada, la peligrosa embriaguez que impregna el amor y sus residuos.
Sanko andará dentro de unas semanas por aquí, embutido en sus trajes dos tallas menos de lo adecuado, como dice mi amiga Azules. Para no perdérselo

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Otra forma de belleza

shampa

“You would show me I have something some people call a soul,”

Shampa

Un somnoliento día de mitad del invierno, cuando todos los días parecen iguales, conduciendo hacia el instituto con mi hija, se coló desde el Hoy empieza todo de Radio 3 el delicado y envolvente susurro de un piano, acunándonos en mitad del atasco; suavemente apareció una voz conversando  a media voz con aquel piano que respondía, refutaba o asentía. Mi hija, aficionada a ritmos más tormentosos, preguntó: ¿Pero quien es éste?

Era Shampa y su piano, convertidos desde entonces en nuestro secreto del año.

Hay padres sensatos que luchan contra el riesgo de idiocia de sus hijos con remedios inteligentes. Los de Shampa, preocupados porque el chaval no se convirtiera en un adicto a las pantallas que embrutecen y licuan el cerebro infantil le regalaron un piano a los 3 años. Solo así se entiende que la canción estrella de su magnífico Process se llame No one knows me like my piano. Ha establecido tal relación con el instrumento que, por lo que parece, éste se ha convertido en su mejor amigo.

Shampa ha estado buceando bajo el radar hasta ahora, limitándose a colaborar con su piano y sus coros con gente del nuevo soul electrónico, tipos como Kenye West, Fran Ocean o Solange y sus rulos. Este es su primer disco,una elegante presentación en sociedad, tras dos previos intentos en forma de EP, donde ya daba muestras de lo que era capaz con pequeñas maravillas como Too Much. Un disco que suena como si James Blake hubiera sido poseído por el Groove.

Process es un disco impregnado de la pérdida y la tristeza generadas por la muerte de sus padres ( la más reciente la de su madre) y su neura tras la aparición de un nódulo en sus cuerdas vocales de origen incierto.En el que se revuelca los fundamentos del rythm’n blues con ritmos africanos de raigambre familiar ( Kora sings) recubierto del envoltorio electrónico de sus padrinos.

En cierta forma Shampa parece la antiestrella, un tipo introvertido que huye de los focos y las extravagancias para pasar los días entretenido en sus conversaciones con su piano. Charlas tan evocadoras como What shouldn’t I be o Incomplete Kisses, angustias como la espléndida canción pop Blood on me.

Shampa, otra forma de belleza.

“No one knows me like the piano in my mother’s home/You would show me I had something some people call a soul/And you dropped out the sky, oh you arrived when I was three years old”

 

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Melissa

Gregg-Allman-4Hay una canción que flota a lo largo ya de más de cuatro décadas, ambientando la melancolía que se esconde siempre detrás de cualquier amor que se llevó la erosión,el tiempo o el olvido. Llamémosla Melissa, pero puede ser cualquier otro nombre por el que cada uno quiera sustituirla.

Lo que nadie podrá reemplazar son los acordes con que la dio forma el más pequeño de una pareja de hermanos nacidos en Nashville que armaron con sus manos y talento un monumento al blues blanco, aderezado por todas las especias que la música crecida en América pudo producir. Eran Duane y Gregg Allman, y al mayor se lo llevaron las Parcas de gira cuando apenas tenía 25 años, pero tiempo suficiente para haberse convertido en catedrático del slide y compinche de Clapton y compañía en Derek and The Dominos. Greg siguió firme, sobrellevando la marcha del hermano y manteniendo con suma dignidad  la imagen de The Allman Brothers Band, mucho más que una banda de rock sureño. Al final con 69 años siguió el camino de Duane el sábado pasado.

Aquella Melissa vivía en el tercer piso de la Cara A de un disco que te incitaba a comer un melocotón, un disco doble  de los de aquella época, con caras enteras ocupadas por una sola canción , publicado por la Capricorn en el año de gracia de 1972.Acababan de publicar una barbaridad llamada At Filmore East, un disco en vivo, y aún andaban por ahí Duane antes de subirse a la moto.. Melissa era su canción favorita, una composición de Gregg bastante anterior a formar el grupo.

Cuentan que le costó lo suyo, tras más de trescientos intentos de componer una canción suficientemente buena. Inicialmente se llamaba Delilah (como la de Tom Jones).

Pero una noche de hace 50 años, Gregg se acercó a uno de los dos 24 horas que estaban abiertos en Pensacola en busca de café y leche. Era tarde y solo andaban por allí los dos empleados de la tienda , Gregg Allman y una viejecita con la que parecía su nieta; una personita de la edad que “han aprendido para que sirven los pies” y que no paraba de correr por la tienda. Harta de tanto zascandileo la abuela le dijo: ¡Para ya Melissa¡ Gregg Allman al salir por el pasillo con la abuela le dio un beso y las gracias. Probablemente la abuela al llegar a casa, diría “me he encontrado con un loco en el jodido colmado” ,según cuenta el propio Allman.

Quizá nunca llegara a saber lo que su nieta inspiró .

“Crossroads, seem to come and go, yeah.
The gypsy flies from coast to coast,
Knowing many, loving none,
Bearing sorrow, having fun.
But, back home he’ll always run,
To sweet Melissa.
Mmmm-hmmm.
Freight train, each car looks the same, all the same.
And no one knows the gypsy’s name,
And no one hears his lonely sighs,
There are no blankets where he lies.
Lord, in his deepest dreams the gypsy flies,
With sweet Melissa.
Mmmm-hmmm.
Again, the mornin’s come.
Again, he’s on the run.
A sunbeam’s shinin through his hair.
Fear not to have a care.
Well, pick up your gear and gypsy roll on.
Roll on.”
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El hogar está allá donde reside el odio

esther phillips

En la entrega de los premios Grammy en 1973 la gran Aretha ganó el premio Grammy a mejor artista femenina de Rhythm’n blues con Young, Gifted & Black. Pero según recibió el premio le faltó el tiempo para entregárselo a otra de las nominadas, de nombre Esther Phillips, y cuyo From a whisper to a scream se hacía acreedor al premio tanto como el de la diosa indiscutible del soul.
Aquel disco no solo era uno de los mejores del año, sino sin duda alguna probablemente el mejor de la carrera de una de las mejores voces de la música negra del siglo XX
Phillips demostró que no siempre son las voces mejor dotadas las que alcanzan la gloria. La de Esther era sobrehumana. Se dio cuenta de ello el avispado de Johnny Otis cuando la metió en su caravana de Rhythm’n Blues Carnaval cuando aún era una niña y viajaba de ronda acompañada de su madre que la intentaba proteger de los empellones de cualquier tarado merodeante. Aquella vida no era buena para una adolescente y Phillips acabó presa de todos los vicios en materia de carne y sustancias, pero cuya portentosa voz conseguía que cualquiera con suficiente sensibilidad la acabara enrolando para cualquier proyecto musical , fuera ddel género que fuera.
Y así Esther fue probando del góspel al rhythm’n blues, del blues puro al jazz exquisito, del country a lo Kenny Rogers antes de que éste fuera Kenny Rogers a la música disco con la que alcanzó la escasa gloria que los dioses le concedieron con una versión del What a difference Day Makes de su adorada Dinah Washington, una de las escasas voces ( con la de Aretha) que se encontraban a su altura.
Pero tanto tumbo la llevó a no acabar siendo reconocida por nadie. No era una cantante pura de jazz a la manera de Sarah Vaughan, ni una aspirante a disputarle el título de diosa del soul a su amiga Aretha. Se buscaba simplemente la vida.
Hoy apenas nadie la recuerda, auqnue una de sus canciones ( Reléase me) habitual del temario de músicas de fondo, sería sin duda alguna recordada por cualquiera.
Para muestra de su talento baste un botón: la versión que hizo del Do right woman, do right man donde es muy difícil optar por la versión de Aretha frente a su versión. O sobre todo su emocionante versión de aquel Home is where hatred is, una canción espeluznante de otro maldito genio, o genio maldito: Gil Scott Heron.
Esther Phillips. Que nunca olvidemos tu nombre

A junkie walking through the twilight
I’m on my way home
I left three days ago, but no one seems to know I’m gone
Home is where the hatred is
Home is filled with pain and it,
Might not be such a bad idea if I never, never went home again
Stand as far away from me as you can and ask me why
Hang on to your rosary beads
Close your eyes to watch me die
You keep saying, kick it, quit it, kick it, quit it
God, but did you ever try
To turn your sick soul inside out
So that the world, so that the world
Can watch you die
Home is where I live inside my white powder dreams

Home is where hatred is

Gil Scott Heron


 

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El puente de Sonny

rollins_bridge

Cuentan Joaquim Ernst Berendt en su maravillosa historia del jazz que en los años en que Lester Young regresó de su traumática experiencia en el Ejército, acabó hastiado de comprobar que todos los saxofonistas del país tocaban como él, hasta el punto que uno de ellos, a quien le puso el sobrenombre de Lady Q ( a la manera del Lady Day con que se dirigía a Billie Holiday) incluso tocaba mejor que Prez…a la manera de Prez. Aquel ilustre copión respondía al nombre de Paul Quinichette.

Todos le imitaban, menos un tipo con dimensiones de deportistas, que representaba una nueva forma de empuñar el saxo tenor. Se llamaba Sonny Rollins, un chaval del Bronx que empezó a tocar el saxo para emular a Louis Jourdan, y que había bebido más de la fuente de Coleman Hawkins que del caño  de Lester Young (los dos titanes entre los que se repartía el cotarro); muy pronto, con poco más de veinte años y bajo la gigantesca influencia de Charlie Parker, empezó a volar solo. Si juntamos estos tres gigantes (Young, Hawkins, Rollins) a John Coltrane tendremos completo el póker de ases de la historia del saxo tenor.

El número de discos que grabó en la década de los 50 fue descomunal (21 en solo cinco años), en especial sabiendo que, para seguir la costumbre de la época, acabo flirteando con esa dama tan peligrosa llamada heroína. La influencia perniciosa que al respecto tenía la adicción de  Parker en aquellas nuevas generaciones de músicos era evidente, pero como comentaba el propio Rollins su vida cambió el día que vio la desilusión en el rostro de Bird cuando descubrió que le había estado engañando: Parker detestaba crear una escuela de músicos zombies, incapaces de poder tocar si no era bajo los efectos de algún tóxico.Rollins salío del agujero, y con la ayuda de diferentes estímulos espirituales ( el yoga, el zen) acabó siendo el tipo impecable que hemos venido disfrutando durante más de cinco décadas.

Y un buen día y siendo una referencia absoluta para todos los que recorrían el complejo aprendizaje del saxofón desapareció con solo 28 años.…Parecía que se lo había tragado la tierra.Estuvo fuera del circuito un par de años y volvió con aún mayor frescura, potencia y creatividad, a la manera de aquel Robert Johnson en el famoso cruce de Clarcksdale, donde vendió el alma al diablo por el módico precio de aprender a tocar la guitarra.

En aquellos años de desaparición, Ralph Berton, uno de los dos únicos críticos que Miles Davis respetaba (el otro era el mítico Leonard Feather el padre de Lorraine Feather de quien ya hablaremos), escuchó una noche un sonido especial flotando bajo el puente de Williamsburg , que une el Lower East de Manhattan con Brooklyn. No solo llenaba el vacío de la noche, sino que su forma de tocar estaba al alcance sólo de un genio. Escondido aprovechó para disfrutar de aquel concierto exclusivo, en el que Rollins respondía con su tenor al ruido de la bocina de los barcos.

Años después contaría que encontró en el puente la soledad, la resonancia, y la libertad necesarias para poder tocar a pleno pulmón, lo que no podía hacer en el pequeño apartamento que compartía con su mujer Lucille, a solo unas manzanas del puente, y muy cerca del departamento de su colega, Frankie Dunlop, cuya mujer estaba por entonces embarazada. Al no tener músicos con los que dialogar acabó conversando con el ruido del tren que por allá pasaba. Como homenaje a aquellas largas jornadas bajo el puente, puliendo y perfeccionando su propio estilo, Rollins publicó The Bridge, en que recogía algo del aroma que dejó su saxo en aquel curioso lugar.

Desde hace unos meses un ciudadano neoyorquino que responde al nombre de Jeff Caltabiano anda movilizando al personal para dar el nombre de Sonny Rollins al viejo puente de Williamsburg. No se sabe muy bien que opina el viejo Sonny de todo ello, a sus casi noventa años.

En cualquier caso , y como bien dicen unos buenos amigos míos que me pasaron el artículo de New Yorker, para mi el puente de Williamsburg ya será para siempre el puente de Sonny

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