La tienda de las primicias imposibles

van morrison punches

 

Hoy se publica en todo el mundo el último disco de Van Morrison, el irascible e inaguantable genio de Belfast. Bueno, en todo el mundo, salvo en un pequeño reducto granaíno, donde la versión en vinilo del Roll with the punches luces primorosamente enmarcado en sus vitrinas desde hace ya unos cuantos días, y donde es posible comprarlo como si fuera la tienda de debajo de casa del irlandés. Ese reducto se llama Marcapasos y sigue siendo un milagro en estos tiempos de descargas, mp3 y músicas de usar y tirar. Un lugar donde a la música, los artistas y sus creaciones se les trata con mimo exquisito, se conocen sus miserias y grandezas, y se identifica lo que hará feliz al parraquiano fiel según entra por la puerta.

Tal vez por alguna carambola del destino, o más bien por una fórmula inexplicable de justicia poética, el disco de este hombre haya acabado estando en Marcapasos antes que en la mayor parte de los vistosas, ostentosas y estandarizadas negocios que lo mismo te venden el roto que el descosido.

El viernes pasado me quedé embobado ante la luz tenue del escaparate como cuando de pequeño miraba el traje de fútbol inalcanzable junto a la tienda de mi abuelo: allí estaba esa fotografía en blanco y negro tan políticamente incorrecta de dos tíos ya maduros zurrándose la badana entre las cuerdas del ring, como en las películas de james Cagney o de Clint Eastwood.

Roll with the punches quizá no figure entre la lista de los 10 discos de Van Morrison que uno se llevaría a una isla desierta, tarea que sería de todo menos sencilla…O tal vez sí. Es cierto que no es estrictamente un disco de nuevas canciones. Se centra y concentra en elaborar cuidadosas versiones de viejas canciones de blues de cuando empezaba a tocar con Them en los inicios de la década de los 60; vuelve a reinterpretar una de sus canciones fetiche, el Lonely Avenue de Doc Pomus ( esta vez en unión de Stormy Monday) que ya versioneó en una inolvidable toma en A night in San Francisco, uno de los mejores discos en vivo jamás grabados,.  Recupera el Bring it on home to me de su siempre adorado Sam Cooke, o el Benediction de Mose Allison, otra permanente presencia, por no mencionar la ya casi olvidada Goin’ to Chicago del maestro de ceremonias Count Basie.

Pero junto a esa colección de primorosas versiones, casi tan a regañadientes como racanea un bis en un concierto, regala con cuentagotas cinco “pequeñas” nuevas canciones comenzando por dos blues, el que da título al álbum,y el de Ordinary People, y siguiendo por una de esas canciones que borda, Transformation, que podría perfectamente haber quedado en algún cajón en los tiempos gloriosos del Time like this o The healing games: un tema de otoño ventoso, cielo encapotado y whiskey ahumado junto a la lumbre. Para seguir con el traqueteo sobre la armónica de Paul Jones de Fame, que da paso a otra joyita que acarrea demasiados problemas ( Too much troubles), una de esas cadencias llenas de swing con aromas a un Moondance del siglo XXI,sobre ese puente que se monta a mitad de la canción y sobre la que uno resbalaría una y otra vez a lomos del piano de Jason Rebello.

Como muestra de su carácter” menor” Roll with the punches supone un mano a mano con dos bueyes sagrados del negocio: por un lado Chris Farlowe en las voces, y por otro Jeff Beck, un resucitado de entre los muertos, recién llegado del Averno que viene a recordar lo que supone tocar realmente una  guitarra

Una lección del mismo calibre, por cierto,que la que se monta con la armónica Ned Edwards en la versión del Automobile blues.

Un disco menor dicen algunos. Tan menor como la tienda que lo luce en su maravilloso escaparate.

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Un Cicely en Sierra Nevada

monachil

Hay un pequeño pueblo a la espalda de Granada, tan cerca de ella que pasa desapercibido para muchos de los habitantes de la ciudad, como esos objetos que no vemos y con los que tropezamos al estar justo debajo de nosotros. Monachil es un cruce entre el Cicely de Doctor en Alaska y el pueblo de Amanece que no es poco. Tiene una estación de esquí de las más importantes de Europa, y una estrecha garganta que si estuviera en Barcelona ya habría desencadenado movimientos anti-turistas de la avalancha de visitas que recibe.

Pero como ocurría con Cicely y el pueblo de la película de Cuerda lo mejor de allí no son sus paisajes, sus alicientes turísticos ni sus atracciones de feria. Es pura y simplemente su gente, una curiosa mezcla de paisanos que no han salido del valle y cuidan ganado, con una variopinta colonia extranjera en que pueden encontrarse personajes de los cinco continentes ( doy fe), desde Senegal a las islas Feroe.

Por supuesto hay bares, en apañao grupo de garitos de amplio espectro, desde aquellos en que la tapa es poco más que una raja de embutido en un trozo de pan a un restaurante recomendado por la Michelin.

Pero si hay algo que comparte todo el pueblo es la afición a la música, aunque no se entienda.

Porque yo me creo que todo un pueblo andaluz puede entender en toda su extensión algo tan complicado como es el Swing de las grandes orquestas americanas de los años 50, aquellas de Count Basie y Benny Goodman. Pues aunque nadie lo crea Monachil organiza desde hace más de 6 años un festival de swing en que el pueblo entero se echa a la calle para darlo todo en su peculiar y personal forma de entender el swing, tantas en realidad como aficionados que aparecen en la explanada para escuchar a orquestas llegadas de medio mundo

Un fenómeno atmosférico. O más bien estratosférico.

Como demostración de que el tiempo allá es diferente a esa unidad de medida limitada, angustiosa y estresada a la que estamos sujetos el resto de la humanidad, de forma parecida al sistema métrico decimal, en Monachil es posible encontrar un lugar que parece que no cierra nunca, en donde corretean niños enanos, pastores amantes del jazz, visitantes desorientados de almas partidas y los asombrosos talentos locales de todas las ramas del arte.

Se llama la Chistera, y allá puedes levantarte una pizza mientras ver pasar el río y lo que arrastra desde dentro de tu cabeza.  No hay sitio igual en toda la provincia, y difícilmente en todo el país.

Asombrosamente cada domingo a media tarde se celebra con la religiosidad y puntualidad de una misa una jamm sesión de las que ya no existen. No, no es una jam de aficionados que dan la matraca a sus vecinos con sus avances en el uso de la baqueta o el arpa de boca.

Son músicos de los que aplaudimos con furor en festivales de jazz de esos de rancio abolengo y nombres de reclamo; tipos y tipas quizá poco conocidos pero que ya quisieran muchos llevarles las maletas cuando salen de gira

Hace poco menos de un mes por la Chistera estuvo la impresionante Nita Aartsen con Javier Delgado antes de marchar para el norte de Europa,

Y hace dos fines de semana se inauguró la temporada de jams en la plaza del pueblo, como ocurría con los grandes eventos de Amanece que no es poco; o como sucedía todo lo que merecía la pena en el Brick el bar de Holling de Doctor en Alaska

Todo el pueblo en la calle comiendo la ensaladilla de Mar, bebiendo cerveza y escuchando buen jazz alrededor de la medianoche

Mañana de nuevo, habrá jam. Para no perderse y a la vez…para perderse

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Ann Pebbles. Nunca soportó la lluvia

ann pebbles

I can’t stand the rain
Against my window
Bringing back sweet memories
I can’t stand the rain
Against my window
‘Cause he ain’t here with me
I Can´t stand the rain. (Don Bryant, Bernard “Bernie” Miller, Ann Peebles).1973

La falacia Eureka. Dícese de esa circunstancia, más ficticia que real, en que la inspiración le viene a uno mientras abrillante la loza, distraído en dejar volar el pensamiento hasta que súbitamente aparece la idea, el compás, el estribillo invencible, y compone el tema mítico que le llevará a la gloria.
A veces, sin embargo, ocurre. Ya comentamos hace unos días que Ann Pebbles había conocido a Don Bryant, compositor en nómina de Hi Records, de la mano de su productor, Willie Mitchell. Era el sello donde brillaba por encima del resto de los mortales, Al Green, un dios. Bryant y Pebbles no se llevaban especialmente bien al principio, recelando mutuamente de que el otro pudiera inmiscuirse en su carrera.
Bryant ya le había compuesto unos cuantos temas, incluido el que podría entenderse casi como una declaración de amor, 99 Pounds para su cuarto disco Straight from the heart ( aprovechando la racha, más tarde vendrían también los 99 Lbs).
Una tarde nublada en Memphis, los dos andaban preparando los trastos toda la pandilla para salir a un concierto. Al salir, la inminente amenaza de lluvia llevó a la Pebbles a expresar todo su fastidio en una sola frase: “no soporto la lluvia”. Y así, a partir de ese exabrupto, apareció de la nada I Can’t stand the rain. Bryant, siempre a la caza y captura de melodías y versos, se sentó al piano aquella noche y a la mañana siguiente ya estaba compuesto el mayor éxito de la carrera de Ann Pebbles, y una de las legendarias canciones del soul, objeto de múltiples versiones y homenajes. Uno de los más encendidamente impresionados por la canción fue John Lennon que en su “annus horribilis” de 1974 acudió a ver a Pebbles al famoso Troubadour de Los Angeles por donde pululaba toda la fauna y flora de la Costa Oeste, de Elton John a Neil Young , de Tom Waits a los Eagles al completo, de Joni Mitchell a Jackson Browne. En aquellos días Lennon decía que I Can’t stand the rain era la mejor canción que se había escrito nunca. Con un pedal del quince, acabó dedicando a Ann unas cuantas expresiones bastantes chuscas y zafias de las que tuvo que pedir perdón al acabar de dormir la mona.
Con aquel tema Bryant y Pebbles aguaban de paso la fiesta a tantos compositores de la época que empleaban la lluvia como metáfora de todo tipo de circunstancia, desde el amor al abandono, de la traición a la melancolía. Ya está bien de lluvia, ya está bien de rollos…
El muñidor Mitchell, otro tipo avispado, fue quien propuso la mayor novedad musical de la canción, algo insólito en aquellos días y que sigue siendo bastante inusual: comenzar el tema con un extraño ruido que pretende remedar el goteo cuando cae sobre alguna superficie metálica, tal vez un cubo en medio de un patio, la gota malaya que resuena sobre el cobertizo. Para ello empleó un timbal eléctrico, un extraño artilugio del que no se conocen más “hitazos”.
Aquella canción dio título al que tal vez siga siendo su mejor disco, que incluía un buen montón de grandes canciones escritas a medias entre ella y Bryant , y entre las que estaba otra pequeña joya de majestuoso título: “voy a tirar abajo tu teatrillo” ( I’m gonna tear your playhouse ). Pebbles se apoyó para ello en una banda muy solvente compuesta por muchos de los clásicos del sello ( desde los Hodges al bajo, batería y teclados a una sección de vientos impecable).
Vinieron después Telling it ( en donde se incluía la maravillosa it was Jelousy de la que hablamos en la última entrada), If this is heaven y su último trabajo para la Hi records antes de que desapareciera: The Handwriting Is on the Wall.
Y desde entonces solo tres discos con dos nuevas compañías: Call me (Waylo), y full time love y Fill this world with love ( ambos con Bullseye blues).
Muchos se preguntan cómo alguien con aquella voz pudo abandonar la carrera cuando estaba tan alto. Una cuestión de prioridades, respondía ella. Bryant y ella se dedicaron sencillamente a vivir la vida.
Hace unos años fue reeditada su discografía de los años 70, poco tiempo después de que un ictus acabara con la posibilidad de que volviera a cantar de nuevo.
Pero ni el ictus le impidió pasarse como una reina para aconsejar a su santo como se debe cantar aquel it was Jealousy.
Ann Pebbles. Nunca soportó la lluvia.

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Bryant: ¿donde has estado todos estos años?

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Con apenas dos discos en toda su carrera, Don Bryant es el ejemplo de que detrás de una gran mujer a veces puede haber un gran hombre. La mujer se llama Ann Pebbles y es, sin género de dudas una de las diosas indiscutibles del soul ( escuchen si no lo creen como convierte a Tears in Heaven en canela fina); a él apenas se le conoce.
Hay que remontarse a 1969, hace casi 50 años para encontrar su primer disco, Precious Soul. Y ahora tras un misterioso silencio de 48 años decidió editar Don’t give up on love, un bombón envuelto en terciopelo, negro por supuesto.
Situado en la mitad de una larguísima familia de 10 hermanos, Don aprendió los rudimentos del góspel de la mano de su padre, como en tantos otros casos de la historia del soul; de tal forma que acabó formando parte de The Four Kings con “cane” Cole, y escribiendo temas para otros artistas, algo que se le daba especialmente bien. Pero eran tiempos en que la competencia en ese territorio era feroz, con muchos machos peleando por ser los reyes de la manada
Las intrigas de Willie Collins le llevaron a componer para una jovencita de apenas 20 años de nombre Ann Pebbles 99 Lbs., una canción en la que decía algo así: “You wouldn’t know what I’m talking ’bout, If you never had a love like this”. Reconocida la sintonía, entre los dos trajeron al mundo uno de las canciones más hermosas de los años 70: I can’t stand the rain. Y como una cosa trae siempre la otra, un año después se casaron, dedicando la mayor parte de su vida el gran Don a escribir temazos para la maravillosa voz de Pebbles.
Hace poco más de un año consiguieron arrastrarle al estudio de grabación para volver a grabar un disco propio: un bombón de chocolate negro que comienza con una obra maestra que no había sido interpretada desde hace casi 50 años: A nickel and a nail, el tema de OV Right.
Siéntense tranquilamente con algo bebible en la mano, eso sí de similar nivel a lo que van a escuchar por los altavoces. Y eso amigo o amiga, tiene que ser algo muy muy alto. Una letanía desgarradora que dialoga con unos vientos en pleno lamento. También sacó del baúl otra antigualla de los 5 Royales ( I got to know) que en su voz alcanza un nuevo brillo, a lomos de unos coros du-du-a de los años 50. Pero el resto se lo sacó del magín que para algo lleva medio siglo componiendo, incluyendo la que quizá fuera una de las canciones del año, si no fuera porque la compuso en 1975 para el Tellin’ it de (¿quien si no?) Ann Pebbles.
Se llama It was jealously y es imposible escucharla sin que se te encoja el corazón si eres un humano y no un maldito autómata. Parece ser que doña Ana apareció por el estudio para dar su bendición, y darle algún que otro consejo para convertir esa canción cómplice en una obra de arte. Y a fe que lo hizo
No hay desperdicio: Bryant destapa el tarro y se desparrama por la habitación una balada como la que da título al álbum, un What kind of love ( con la que cierra) que supone un recuerdo acelerado de lo que fue el buen rythm’n blues de los años 70, o un himno góspel para perdir perdón por todos los pecados que hayas podido cometer, pasados, presentes o futuros: How Do I get there?
Bryant: ¿Cómo has llegado hasta aquí? O mejor dicho ¿ Dónde diablos has estado todos estos años?

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North, de Morgan: como volver a casa


“I am just running to find my way home

Because every mistake I make takes me away from my home”

Home. Morgan

Ella misma lo cuenta en una entrevista con Manuel Cuellar. Estaba en Liverpool cuidando a su hermana que iba a parir unas semanas después. No conocía a penas la música de Quique González, sus influencias eran (y son) fundamentalmente americanas, y apenas escuchaba música en español; sin embargo recibió primero una llamada de un amigo y después un mensaje del gran Edu Ortega (aquel violinista que comenzó con Enrique Urquijo y los Problemas y hoy forma parte de los Detectives de González), contándole que estaban buscando una voz femenina para interpretar Charo, en el último disco de Quique González. Así que les mandó una serie de tomas pensando que, si les gustaba, la llamarían para grabar la versión definitiva. Pero les gustó como estaba. De forma que salió Me matas si me necesitas, sin que Carolina “Nina” de Juan hubiera visto en su vida a quien le había pedido cantar una canción a medias. Bastante tiempo después, en un garito, alguien le comentó que por allí andaba el Señor González. Se acercó a saludar y se presentó como Nina. Tuvo que cambiar de personaje y decir que era Charo, el nombre de su canción, para que por fin Quique González se diera cuenta de quien estaba delante de él.
Hace unos días, como comentamos en la última entrada, demostró sin embargo que ha realizado un curso acelerado en las obras del sr. González: no solo acompañó con sus coros todas sus canciones prácticamente, sino que interpretó sola De haberlo sabido, además de la inevitable Charo. Pero en el primer bis, sola en el escenario, cantó la única canción de su disco en español. Volver. Podía cortarse el aire.
Volver forma parte de North, el primer disco de Morgan un quinteto formado por Paco López en las guitarras, Ekain Elorza en la batería, Alejandro Ovejero al bajo y David Schulthess en los teclados, además de Nina, la voz más impresionante en años.
Nina es hija nada menos que del guitarrista de Coz y de una de las coristas más reputadas del país, y aunque no dedicaba a la música todo su tiempo, llevaba ya unos cuantos años de club en club.
No es fácil preparar un buen cóctel. En esta época cualquier desaprensivo es capaz de darte la turra con sus habilidades mezcladoras, ya sea el camarero del garito que hasta ahora sólo vendía salchipapas, o tu amigo del alma que se siente experto por haber visto un video en You Tube. Combinar adecuadamente los ingredientes para convertirlo en algo completamente diferente en contacto con el hielo requiere conocimiento, experiencia y, como siempre, talento.
Lo curioso de Morgan es que hayan sido capaces de mezclar ingredientes tan distintos para generar un brebaje completamente diferente de lo que se puede escuchar en este país: porque aunque la voz de Nina se ajuste a las canciones del señor González como un guante a su mano, sus canciones en North son completamente diferentes: no es jazz, ni blues, ni soul ni góspel, pero recuerda lejanamente a todo eso y algo que está más allá de todo eso.
No hay más que oír la canción que abre el disco, Home, en que la voz de Nina se desliza quejumbrosa sobre la red que tejan unos coros de iglesia del Mississippi. Aunque no tenga nada que ver me recuerda lejanamente al maravilloso Culfax de The Delines y las aventuras de Willie Vlautin en Richmond Fountaine. El mismo tono de Praying
Work sigue en la misma línea,pero se rompe a la mitad para embarcarse en una carrera vertiginosa a lomos de la guitarra de Paco López una canción de carretera cuando no hay nadie afuera. Y Goodbye transmite ese fondo de tristeza cuando se está solo y no hay muchas oportunidades al otro lado de la puerta. Una canción que crece y se apaga con la fugacidad de un fuego fatuo.
Y así mientras Thank you invita a bailar , Sometimes, Weather o Cold perseveran en esa melancolía que produce estar muy cerca de ninguna parte.
Y Volver. La única canción en español. Y donde quizá mejor se aprecien los mil y un matices de una voz que tiene buena parte de lo que tienen o tuvieron sus influencias, pero también algo en la forma de modularla completamente diferente
Volver de Morgan. “Sin querer estoy dejándote volar….”

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Quique González: Riesgo y altura

gonzalez y nina

Hay algo que tienen los conciertos que no tiene ninguna otra experiencia cultural: nunca sabes lo que te vas a encontrar por mucho que conozcas al artista o que éste se atenga generalmente a un determinado guion.
El pasado jueves tocaba en Salobreña con sus Detectives, Quique González. Le acababa de ver hacía muy poco tiempo en la nueva ubicación (horrible) de la Industrial Copera, y sobre el papel poco podía aportar de diferente sobre aquel concierto, apenas unos meses después. Pero gracias a las impagables gestiones de Pepe Marcapasos y la habitual habilidad para encontrar tesoros de Maite Azules tuvimos la suerte de toparnos con uno de esos conciertos que acabarán convirtiéndose en sagrados. Sobre el papel nada parecía contribuir: con cerca de 35 grados en la calle, escasa refrigeración y un local pequeño y atestado, uno podría esperarse lo peor.
Pero apareció el señor González a la llamada de esa solitaria cabina telefónica que le acompaña en la gira, en compañía de sus Detectives y de la apabullante presencia de la Inspectora jefe,Carolina de Juan ( “Nina”) de Morgan, más que una corista una invitada especial.
Comenzaron sin prisas, en un concierto sin pausas, de la mano de Detectives, la apertura de “Me matas si me necesitas”, un título que ya hace de por sí atractivo a un disco. Pero no fue ese habitual concierto en que se exprime hasta la última gota el último disco para promocionar su venta. Por supuesto que éste tuvo un peso relevante, pero el señor González dio un paseo con su camisa roja y su inevitable chaleco por toda la amplitud del repertorio, construido a base de reposo y talento a lo largo de veinte años, desde aquel Personal ( y sus Conserjes de noche) haciendo paradas en Pájaros Mojados (Pequeño rock’n roll),Kamikazes enamorados ( aún sin entrar en calor),la Noche americana ( Vidas cruzadas), Avería y redención, Daikiri Blues ( una versión casi susurrada de “Su día libre” ), Delantera mítica ( ¿Dónde está el dinero?), y de forma especial el que sigue siendo probablemente su mejor disco, el Salitre 48 con sus ya 15 años a la espalda.

quique
Es difícil decir por qué fue para mí el mejor concierto que he visto nunca de Quique González (y ya van siendo unos cuantos desde cuando vivía en Madrid). Tal vez fue la precisión de una banda y un equipo de apoyo que funcionaron con una precisión más propia de Van el irascible, con un superdotado Edu Ortega a las guitarras, violines y mandolinas, empleadas como si fuera “Manolenta”en sus tiempo gloriosos.

O la demostración de que por mucho que las hayas escuchado, sus mejores canciones siempre tienen la capacidad de volver a sorprenderte, como ocurrió especialmente con tres de ellas:

la primera, el homenaje particular ( y ya casi inevitable) a Enrique Urquijo, cuando aún apenas nadie le conocía, con una versión enlazada de “Aunque tú no lo sepas” con esa pequeña joya de tantas evocaciones que es “Reloj de plata” (“Antes de que caiga mi avión desengánchame, antes de perder el control desenrédame”).
La segunda la impresionante “La casa de mis padres”, una canción tan intimista y personal sobre la pérdida de los padres, capaz de convertirse en demoledora cuando hay una banda (de verdad) detrás, con la que cerró el concierto antes de las propinas
Y por último una canción suya que escribió en su momento pensando en que fuera interpretada por una mujer, una canción incluida también en Salitre 48. Escucharla en otra voz, cantada de otra forma, da la medida de hasta dónde puede llegar la capacidad de transmisión de esa canción. De haberlo sabido, cantada por Nina Morgan sobre la guitarra de Quique González, forma ya parte de ese conjunto de recuerdos que uno se llevará a la tumba, como muestra de que la vida, a veces, merece la pena.
“Peor que el olvido
fue frenar las ganas de verte otra vez
peor que el olvido
fue volverte a ver”.
Quique González: Riesgo y altura

Fotos: Maite Azules

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Canciones: lo que de verdad importa

tweedy togetner at last

 

 

“Broken hearts all around me, but I don’t feel a thing,”

Lost love. Jeff Tweedy

 

Hace unos días, escuchando con muy buenos amigos uno de los mejores discos de este siglo, Yankee Hotel Foxtrot, según comenzaron a sonar las primeras notas de Jesus etc rompimos a cantar a la vez. Y mi amigo Ales, con buen criterio, comentó que el disco será magnífico, con toda esa experimentación y reverberación que el disco tiene. Pero que al final, lo que importa , lo que nos emociona, son las canciones, y Jesus etc, es eso por encima de todo, una maravillosa canción.
Como si nos hubiera estado oyendo desde el escenario imaginario que siempre existe detrás de cada disco, ya sea en formato LP, Cd o mp ( o cualquier otra combinación de letras), escucho hoy con luces apagadas Together at last, el último disco de Jeff Tweedy: un disco “apagado” en su portada, en la que sólo se percibe una silueta, apenas iluminada por algunos focos, la silueta de un tipo que ha acabado convirtiendo su imagen en casi inconfundible gracias a ese extraño sombrero que gasta.
Un precioso disco amarillo, sin trampa ni cartón: sólo su voz, su guitarra y una armónica en algunos temas. Y no hace falta más que escucharlo una vez para comprobar que bajo esa apariencia de canciones complicadas, llenas de ruidos y virtuosismos , lo que subyace es pura y simplemente canciones, que sólo uno aprecia en toda su hermosura cuando están desnudas.
Por ejemplo Dawned on me, esa canción de The whole love que en ese disco suponía todo un despliegue pirotécnico; o el In the future age del Summerteeth, al que saca sonidos evocadores con su guitarra empastillada. Y por supuesto esas dos canciones del Yankee,… en que uno queda atrapado en sus juegos de manos, cuando por debajo discurren dos espléndidas canciones: I am trying to break your heart o Ashes of American Flags.
Y aprecio todo lo que puede dar de sí Hummingbird sólo con una guitarra y un silbido, lo diferente que puede llegar a sonar una canción como I ‘m always in love (también del alambicado Summerteeth) cuando sólo suena su melodía, o la emocionante que sigue siendo escuchar Sky blue sky.
Together at last quizá no aporta nada que un aficionado a Wilco no conozca ya. Salvo quizá esto: que por debajo de esa parafernalia de ruidos lo que existe habitualmente son buenas canciones.
Lo que de verdad importa.
“Windows open and raining in a room yellow, blue, gold and gray
The drunks were ricocheting
The old buildings downtown empty so long ago
Windows broken and dreaming
So happy to leave what was a home
With the sky blue sky, this ride in time wouldn’t seem so bad to me now”

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