Los Jayhawks y el Señor Proust

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Mainline To Robert Frost
She’ll Find A Way Of Getting Lost
White Noise, Hit An All-Time Low
There’s More To Life Than Letting Go

“Lovers of the sun”. Paging Mr. Proust. The Jayhawks,2016

La insaciable necesidad de novedades está convirtiendo el trabajo de grupos y solistas de largas trayectorias en una especie de permanente búsqueda del santo Grial, ese disco imposible de publicar porque nadie sabe, entre otras razones, como podrá ser.

En ese sentido, el papel de los críticos musicales, esos tipos que en su momento masacraron obras de arte porque no estaban aquel día de humor, resulta cada vez más insufrible.

The Jayhawks andan de nuevo de gira por aquí, aunque desgraciadamente no pasarán por Granada como sí hicieron hace poco más de un año. Presentan su último trabajo, Paging Mr. Proust , un título que ya de por sí permite generar las mejores esperanzas y que orienta por donde anda el Sr.Louris.Un tipo con 61 añacos que sigue hablando de su novia y el niño a cuestas como si tuviera 25.

Paging Mr. Proust es para algunos un disco magnífico, puesto que incluye guiños y salidas del camino que suelen transitar: por ejemplo en Ace intentan imitar a los difícilmente imitables Wilco, introduciendo todo tipo de extraños ruiditos y distorsiones, pero claro, sin Mr Cline.; y Lost the summer supone su peculiar excursión en el rock’n roll de baja intensidad. Sin embargo para otros los Jayhawks están acabados porque no dejan de hacer lo mismo ( deben esperar en su fuero interno que acaben sacando una rumba de debajo de la mandolina).

Sin embargo, donde realmente brilla esta gente es haciendo lo que saben hacer mejor que nadie, lo que les llevó a producir cuatro obras maestras en los años 90 y principios de la pasada década ( aquel increible y decadente Rainy Day Music).

Paging Mr. Proust comienza desplegando las velas de sus guitarras guiadas por el timón de unas armonías vocales milimetradas.:Quiet corners and empty spaces.

Como lo hace Leaving the monsters behind con los coros de Mike Mills de REM ( cuyo compañero Peter Buck produce el disco), o Isabella’ Daughter, con aromas a Beatles facción harrisoniana, y esa mandolina que tira del tema como si fuera un carro de mulas.

Devil in his eyes parece un tema escapado de Harvest hasta que entran las voces, y compruebas que los que han entrado en tu casa son Louris, O?Reagan y Grotberg, O Lovers of the sun que recuerda también al Young de sus discos de garito de soul de medio pelo.

Comebacks Kids, con voces que recuerdan a Dewey Bunnell rinde en cierta forma homenaje al productor de videos Chueck Statler, asesinado recientemente.

Y cuando uno acaba de escuchar el disco en sus dos último cortes Lies in Black and White y I?ll be your key , comprueba que lo ha escuchado es “solo” otro disco de Jayhawks.

Y realmente importa un bledo lo que hagan, mientras que sigan siendo eso: simplemente Jayhawks.

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“Aquí” están de nuevo los Fanclub

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Hace 5 años pasaron por aquí en una desapacible noche a mitad de semana. El garito en cuestión no se llenó para verles actuar , tal vez por esa razón o tal vez porque nunca fueron un grupo de grandes multitudes. Seis años después de su penúltimo trabajo, aquel magnífico Shadows, los Teenage Fanclub están de vuelta.

Los escoceses no parecen tener prisa en publicar sus discos; lejos están aquellos años 90 en que lideraban la versión británica del nuevo power pop, y en que encadenaban discos prácticamente año tras año: Catholic Education, The king, Bandwagonesque, Thirteen,Deep Fanclub , Grand Prix, hasta llegar a su obra maestra, Songs from the Northern Britian en 1997.Pero desde el Howdy¡ del año 2000 apenas han publicado 6 discos.

El tumultuoso río por el que viajaban entonces parece que hace tiempo comenzó a atravesar el valle del tiempo sosegado y todo ello se manifiesta con claridad en Here.

Los mimbres siguen siendo los mismos: las guitarras que tanto recuerdan a los Byrds, las armonías vocales perfectamente sincronizadas, y esas melodías adictivas que son seña y distinción de la casa.

El disco comienza con una canción que parece prometer algo grande: I’m in love, su forma de iniciar el juego que esconde el disco entre el amor y el desamor, la ilusión y el desencanto. Y alcanza quizá su mejor momento en la maravillosa The darkest part of the night , que parece haberse quedado olvidada en un cajón de las granaciones del Songs from. ..Perfectas canciones pop, de esas que suponen el complemento perfecto para melancólicas tardes de otoño, y que convierten a Here en una deliciosa melaza en que es tan difícil diferenciar sus canciones como olvidar sus melodías.

Blake, McGinley Love parecen haber encontrado un estado de serenidad jubilosa, en que uno se les imagina componiendo canciones con la metoculosidad del que dedica el tiempo libre a meter barcos en botellas de whiskey. Escocés por supuesto.

Como canta McGinley en Hold on, “placeres sencillos es todo lo que necesitamos”

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Schmilco: las apariencias engañan

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En 1971 Harry Nilson publicaba su séptimo disco de estudio en el que se incluía uno de sus mayores éxitos, el clásico Without You;. Se llamaba Nilson Schmilsson. Ayer 9 de septiembre Wilco publicaba Schmilco, un guiño a aquel disco, que bucea en las raíces más folkies de Wilco.

Podría sorprender que fuera grabado al mismo tiempo que el chirriante Star Wars , lanzado hace justo un año, como si ambos reflejaran las dos caras del grupo: la suave del Dr. Wilco y la afilada de Mr Hyde. El propio Tweedy comenta que salió antes Star Wars porque querían recrearse algo más en rematar Schmilco, pero ambos surgieron de la misma marmita.

Probablemente los más puristas saldrán una vez más decepcionados de esa “aparente” tendencia a la discreción que arrastra el grupo desde Sky Blue Sky. Todos esos que consideran que si Wilco no distorsiona y petardea a lo largo de diez minutos de aparato eléctrico no aportan nada; los que añoran los tiempos en que Tweedy era desgraciado y se lamentan de esa aparente idílica vida familiar que incluye discos y actuaciones con su hijo mayor.

Sin embargo, y con el aparente beneplácito del resto del descomunal grupo ( como se comprobó una vez más hace solo dos meses en Madrid) , Tweedy parece haber abandonado el camino de construir álbumes grandilocuentes y ambiciosos, destinados a competir en las ligas al mejor disco de la década, y como el chef que abandona su gran restaurante para volver a la tasca de su pueblo, Wilco se ha desviado por las carreteras secundarias que representan discos como los últimos, elaborados con canciones de apenas 3 minutos, micro relatos de lo que algún día fueron sus trabajos.

Alguien que escuche el disco superficialmente podría pensar que es el disco acústico y blandito del grupo, un disco discreto de gama baja. Pero como ellos mismos lo describen es, por el contrario algo “jubilosamente negativo”. Pocas veces Tweedy se ha confesado tanto, describiendo su vida menos pública en letras que incluyen algunos de los mejores y más directos versos que haya compuesto nunca.

Musicalmente aparenta ser un disco apenas susurrado, con el resto de los instrumentos dando un tímido y discreto envoltorio. Pero menudo envoltorio. Porque detrás sigue acechando una banda de una solidez y solvencia poco comparable,el arsenal de virtuosismos y distorsiones de Cline, el invisible soporte de Sansone, o la base rítmica que soporta el entramado de Stirrat y Kotche.

Cline cuenta que a diferencia de otros trabajos, Tweedy tenía muy claro lo que quería cuando fueron trabajando cada canción, una forma de expresar sus sentimientos sobre emociones pasadas y presentes, de preocupaciones sobre un futuro lleno de idiotas, una forma de catarsis en cierta manera.

Un disco que a manera de diario comienza con una versión demoledora de la infancia, siempre tan sobrevalorada, tan edulcorada, cuando a menudo es el siniestro campo de cultivo de muchos de los terrores, miserias y complejos que uno arrastra a lo largo de su vida: “tenía que huir de aquellos chicos normales americanos, siempre odié a aquellos chicos normales americanos “ (Normal American Kids). Algo que le lleva a preguntarse en el segundo tema si “ nunca he estado solo el tiempo suficiente para saber si realmente fui un niño”.

La desesperanza que arrastra este comienzo sigue estando bien presente en una de las joyas del disco, en que la voz y las guitarras se montan en la vagoneta que construye Kotche ( Cry all day”): “mírales a todos luchando, pero tu no puedes luchar contra ello, y yo lloro, todo el día, toda la noche, todos los días”.

Si alguien precisa de orfebrerías sonoras (eso sí, apenas susurradas, como si hubieran niños durmiendo), Common Sense ( con un desquiciante juego de punteos) y la desasosegante Locator ( “el localizador me escucha susurrando dentro de casa”) aportan ese estado de trance incómodo que identifica las atmósferas del grupo. Mientras Nope, a través de un ritmo marcado casi festivo ,describe la ácida versión de Tweedy respecto al tiempo actual: “¿para qué matar a un hombre si puedes volverle loco?”.

Canciones como Someone to love, Happiness y Quarters se adentran en el núcleo más íntimo de Tweedy, con referencias bastante explícitas a su pareja, su madre o su abuelo donde vuelve a aparecer esa desolada visión de la vida con frases que cortan como un cuchillo: “la felicidad siempre depende de aquel a quien echas la culpa” ( Happiness) , o a la vez la necesidad de encontrar siempre a alguien cuya ausencia nos haga sufrir ( “I hope you find someone to lose someday”).

Algunos verán en los calmados tempos de las tres canciones que cierran el disco una versión plácida y aburrida de los de Chicago, pero escuchar lo que dicen produce todo menos placidez: “ Ni somos el mundo ni somos los niños” ( crítica vidriólica a los conciertos por África del buenismo de los 80),, o su permanente desesperanza respecto a todo (“ a veces me gustaría liberarme de las cosas que aún me importan”

Schmilco. Algunos dirán que es un disco menor.

 

 

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Max Jury, canciones para atardeceres de otoño

 

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Honey, here I go again
Down that crooked road of sin
My momma locked me out again
And hung me high to rust under the rain
I am numb
When I sing my stranger blues
I make it on the local news
Everybody likes to see you lose
And hang you high to rust under the rain
Numb. Max Jury

El frágil chaval de Des Moines aprendió con esmero todas las enseñanzas de los grandes maestros artesanos de la canción americana.; aquellos que durante los 60 y 70 del pasado siglo fueron construyendo el nuevo cancionero americano, desde Dylan, Young , Parsons o Taylor a Springsteen , Browne, Newman o Mitchel.
Los mezcló a su manera:una buena base de country, pero con el suficiente soul para convertirlo en algo diferente ( en sus aficiones tiene similitudes con el difunto Glenn Frey a pesar de darle una salida muy diferente).
En ese aspecto parece sacado del baul del tiempo, pero tiene esa frescura propia de los que han crecido con músicas completamente diferentes de las de sus maestros.
Max Jury es un chico provinciano , en la mejor acepción del término. Fuera de los circuitos de moda en California o Nueva York, aunque acabara acudiendo a Bsoton para estudiar música y haya desarrollado su corta carrera en Nueva York, comenzando como telonero sensible de otros sensiblones de la envergadura de Rufus Weinwright
Como me ocurrió con Tobias Jesso Jr. El disco de debut de Jury es de los que acaban por instalarse a vivir en tu cerebro como esos gatos perezosos y melosos que te arriman la cola cuando pasas a su lado.
Desde el sorprendente Numb que abre el disco con esos coros de iglesia de gospel y esa melodía envolvente, a Home que cierra el disco con vagos lamentos por volver a casa, Max Jury es un delicioso viaje por las curvas y recodos de la canción americana.
Con una imagen de desvalidad fuerza que recuerda algo a Jeff Buckley es mucho lo que se puede esperar de un tipo que se marca un disco así con solo 21 años.

Un disco tan deliciosamente melancólico como el mes de septiembre.

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El tipo del retrete

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Lunes, 10 de diciembre de 1945. Hollywood.El tipo del retrete ya ha hecho un intento fallido de grabación. Protegido tras el cartel que ha colocado en la puerta de “ Fuera de servicio” , escucha con suma concentración el sonido que llega desde el escenario cercano.Se llama Dean Benedetti. Ha recibido ya varias llamadas de atención de la gente del local, prohibiéndole taxativamente grabar. Pero él sigue en su escondrijo sin ver a los artistas, escuchando simplemente su sonido: les identifica perfectamente por su manera de tocar, no en vano él también es músico, saxo alto para más señas. Reconoce el sonido de la bateria de Stan Levey, el contrabajo de Ray Brown , el piano de Al Haig, el vibráfono de Milt Jackson y la trompeta de Dizzie Gillespie interpretando A Night in Tunisia. Dream team. Pero contrariado,deja de grabar al comprobar que el saxo que espera no es un alto sino un tenor , y lo toca Lucky Thompson en lugar de Charlie Parker.
Benedetti lleva siguiendo a ese tipo al que todos llaman Bird desde que comprobó que nunca llegaría a tocar el saxo ni la décima parte que él. Desde aquella noche en que lo escuchó por primera vez en Monton, Harlem, dedica su tiempo a perseguirle con un modesto grabador para dejar registraada cada una de sus actuaciones. Esos registros conformaron lo que después serían conocidos como The Complete Benedetti Recordings of Charlie Parker. Una joya.
El tipo del retrete sale del escondrijo a ver qué ha pasado. Guiado por su olfato llega a los camerinos y se encuentra a Parker de espaldas ingiriendo la segunda cena “Conquistador”, comida mejicana hipercalórica bien regada de cerveza.
El corpulento músico pide al camarero una botella de ginebra, y la engulle como si fuera una tónica. Aquel le pide que la pague y Parker se niega: así no se trata a los artistas.
Parker le pide a Benedetti que le saque el saxofón de la funda. Es un impecable Selmer francés, perfectamente cuidado, La pieza de la boquilla es una caña Rico del número 5 , la más dura que se fabrica, la que da al saxofón el sonido más grande, la que habitualmente solo emplean para tocar notas sencillas, de contrapunto, por la dureza de su empleo. Bird pide a Benedetti que la toque. Éste se resiste pero al final ante tantos requerimientos lo intenta: solo obtiene un ruido ahogado.
Aparece el dueño del garito a reclamar los gastos de la cena y la bebida , pero es lo suficientemente inteligente para saber que el éxito de la noche depende de ese hombre insolente. Parker entonces envía como emisario al tipo del retrete para decirle al grupo que vaya preparando Cherokee.
La sala está atestada de gente: muchos son simples aficionados, pero también está una importante representación de músicos de estudio y de diferentes bandas, que han acudido a escuchar a Dizzie, a Jackson, a Haig, pero sobre todo a Parker. El grupo ha ido construyendo el entramado al que se encaraman las notas de un saxo que comienza a escucharse al final de la sala. Benedetti vuelve apresuradamente a su retrete, pero hay tanta gente que llega con apenas tiempo para cerrar la puerta y darle al “play” justo cuando Bird llega al escenario e inunda toda la sala de un sonido único, poderoso, eterno.
Al fondo de la sala un joven negro se ha subido una mesa para poder ver y escuchar mejor: va impecablemente vestido y lleva gafas de concha. Pero solo puede decir en voz alta: ¡hijo de puta¡.
Parker  desde el escenario, sonríe.
Así, resumidamente, comienza la biografía que escribió de Parker una de las personas que mejor le conocieron, Ross Russell, propietario del sello Dial, donde Bird realizó alguna de sus mejores grabaciones. Ese Pájaro de corral, término peyorativo para designar al tipo incapaz, nació tal día como ayer hace 96 años. Y nadie después ha volado tan alto.

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Lady day y Pres: si hubieran sido santos, ¿serían sus canciones tan dulces?

 

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Apenas dura ocho minutos y medio , pero en ese video se resume una de las más hermosas historias de la música: es una grabación de 1.957 de la CBS de un programa televisivo llamado The Sound of jazz. La compañía reunió a 32 eminentes músicos de la era del swing en un único episodio de una hora de duración.

En el estudio se encuentran nada menos que Doc Cheatham, Vic Dickinson, Osle Johnson, Milt Hinton, Max Waldron, Roy Eldrige o un joven Gerry Mulligan. Pero además están tres de los mejores saxofonistas de la historia: Ben Webster, Coleman Hawkins y Lester Young. El primero de ellos es muy grande, pero los otros dos son dioses, los titanes sobre los que se construyó la historia del saxo en el jazz: Parker y Coltrane y todo lo que vino detrás son ramas de ese árbol de doble tronco.

En un momento dado, aparece una maravillosa mujer muy castigada por la vida. Muestra de su elegancia es como se aproxima a ese taburete y se sienta en él: sonríe muy levemente, se escuchan los primeros compases y entra la voz frágil y castigada de Billie Holiday para interpretar una joya: Fine and Mellow.

Tras una brillante introducción de Ben Webster, un hombre mayor y fatigado se levanta de una silla: en apenas 30 segundos sintetiza toda la belleza del mundo; la cámara apenas le presta atención: se ocupa por el contrario de reflejar la expresión de la cara de Holiday , iluminada súbitamente al escuchar y ver a su amigo Lester interpretar una vez más esa canción que tocaron juntos tantas veces.

Apenas un año después Young muere con apenas 50 años. Lady day intenta cantar en su funeral, pero la mujer de Lester se lo impide: “esos hijosdeputa no me dejaron cantar por Prez”. Y apostilla: “ yo seré la próxima”. Cuatro meses después cumple su palabra y muere con un policía custodiándola en la puerta de la habitación del hospital.

Lester Young había nacido en Woodville ( Mississippi) tal día como ayer , hace 107 años. De niño aprendió a tocar la batería, el violín , la trompeta y el saxo alto, pero pronto cambió al tenor con el que se ganó el resto de su vida. Su suerte corre pareja a otro grande, Count Basie con el que empezó y al que volvió tras su frustrada experiencia con la orquesta de Fletcher Henderson, el “dream team” de la época y en la que sustituyó al por entonces dios supremo del saxo tenor: un tipo voluminoso llamado Coleman Hawkins. Dicen que su sonido era demasiado cool para una orquesta tan hot. Parecían el día y la noche.

Cuentan que Hawkins pasó un día por Kansas City para ver si aquel competidor era tan bueno como decían: el duelo de saxos duró toda la noche. Y al final, por lo que cuentan, Young le robó la cartera.

Young y Holiday se había conocido en la casa de la madre de ésta, donde recaló cuando el primero llegó a Nueva York para incorporarse a la orquesta de Henderson. Desde entonces él la llamó siempre Lady day, por su innata elegancia; y ella a él, Prez ( de Presidente) porque siempre lo consideró el rey del instrumento. Desde aquel año 34 su amistad nunca se deshizo: tocaron juntos infinidad de veces, en especial enrolados en la orquesta de Count Basie durante aquellos felices años 30. Después sus caminos se separaron para vivir separadamente el mismo tipo de racismo y segregación: Billie entrando por la puerta de servicio en los antros en que minutos después sería la estrella. Prez en primera línea durante la Guerra mientras sus colegas blanquitos seguían tocando en las Big band del ejército.

Sus caminos volvieron a cruzarse en la década de los 50: aún más frágiles y devastados por el alcohol en él y las drogas en ella. O ambos qué más da.

Quizá nadie mejor que el poeta Kamau Daaoud expresó aquella relación:

“es casi como si tu estrujaras un corazón lleno de dolor, el néctar que gotea es tan increíblemente angelical, tan dulce… Siempre es la misma vieja cuestión: ¿tienes que caminar sobre fuego para cantar las canciones como ellos hicieron? ¿Si hubieras sido santos serían sus canciones tan dulces?

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Conciertos de verano

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Escucho accidentalmente la conversación de dos tipos de aspecto sospechoso mientras tomo una cerveza:

“-pues creo que al final iremos a ver a Iván Ferreiro.

– pero, ¿ y ese quien es?

-No tengo ni idea, pero no íbamos a ver a Wyoming”.

Los individuos en cuestión visten camisas de marca y bermudas finas; llevan pulserillas al estilo Moragas, pelo revuelto al viento y gafas de sol oscuras.

Ciertamente Iván Ferreiro tocó. Lo hizo con su hermano Amaro en el pazo de Cea: un hermoso lugar que reconvierte sus salones de bodas en garito de conciertos. Ya al acercarse sorprende la caravana de coches de lujo , que colapsan una apacible carretera rural; pero aún sorprende más la fauna que puebla el pazo y sus alrededores, más propia de una fiesta loca del príncipe Guillermo en Balmoral a escondidas de la reina madre: pavas con altas cuñas impropias para andar por la hierba con trajes de noche y pavos con toda su cola extendida al aire, en forma de elegantes chaquetas, vistosas bermudas y llaveros del boga que vale no menos de 80000 euros. De Ferreiro allá no hablaba casi nadie: algunos lo confundían con Coque Malla, otros con Dani martín. Los más enteraos comentaban que el año pasado no pudo salir al escenario de lo colocado que iba.

Y así, en ese bonito entorno, salió el pobre Iván a interpretar el repertorio, en compañía de su eterno compañero de fatigas. Casi desnudo: solo un pequeño órgano de parapeto, y la guitarra de Amaro para intentar protegerse de la avalncha de indocumentados.

A punto de sacar su nuevo disco, optó por recorrer su repertorio más clásico, escabulléndose de la celebérrima Tournedó hasta que solo le quedó esa bala.

Ya se sabe que el aprecio a la música es bastante incompatible con la mentalidad pijal que a lo sumo que lleva es a mezclar y confundir estilos, artistas y canciones. Allí en el interior de la caldera de la sala de bodas apenas se escuchaba a los hermanos Ferreiro, cuyas canciones llenas de susurros y matices, se sofocaban ante el incendio de conversaciones chillonas del pijerío molón.

En un momento pareció que Ferreiro iba a marcarse un Van Morrison y darse el piro a mitad del concierto. Pero profesional , aguantó como pudo aquel barullo de voces, risas y copas, mientras algunos pocos interesados se esforzaban en entender lo que los hermanos cantaban.

Unos días después, Ferreiro tocaba en el Naútico de San Vicente. Ya lo hemos comentado otras veces: en aquel destartalado bareto al borde del mar, los perros corretean por la playa y de tanto en cuanto se acercan al borde del escenario para cerciorarse de que les gusta el tema; los niños suben de la orilla con los cubos llenos de arena y algún que otro cangrejo. Y las abuelas del lugar se asoman a la valla a ver quien toca hoy: no hay cosas de alta gama, ni vestidos de noche; hay mucha cara guapa, pero también fea; joven pero también vieja. Por supuesto la gente conversa en bajo de sus cosas pero al artista , sea quien sea, grande o chico, conocido o neófito, se le ofrece respeto y atención por lo que tiene a bien contarnos.

No se hizo la miel para la boca del asno…ni los buenos conciertos para lerdos que no saben apreciarlos.

Arriba: Pazo de Cea ( Nigrán, Pontevedra)

Abao: Náutico de San Vicente ( Pontevedra)

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