The Amazing:tan hermosamente negro como la noche

amazing picture yoy

Like people
Sweet like medicine
A dream I had keeps coming back
Still bring peace
An illusion circumstance
No, I don’t believe in God
But heaven’s been said
To see you in a cloud of blue, blue sky
Winter dress. The Amazing

Un frío día de enero llegué a Radio City, la maravillosa tienda que Jesús regenta junto al Conde Duque, y escuché los delicados acordes de la guitarra de Christoffer Gunrup: aquella canción se llamaba Winter dress, (nada más apropiado para un día semejante) y no pude esperar a encargar una copia del disco. Me llevé puesta la que entonces giraba en el plato.
Desde entonces Picture you, el cuarto disco de The Amazing (si incluimos el EP Waiting for a light to come), se ha convertido en compañero imprescindible de buenos y malos ratos, de subidones y bajadas porque para todo tipo de estados de ánimo puedes encontrar asueto en él. Comenzando por una delicadez como Broken y siguiendo por algo tan descomunal como Picture you,segundo corte de la cara A, casi diez minutos de gracia en estado puro, pespunteada por el balanceo de araña de unas simples guitarras, acompañadas (solo en la primera parte) por la voz de Christoffer y un juego de voces de esos que te persiguen en las noches en vela; porque en la segunda lo que se viene encima es una progresión de sonidos sobre una línea de bajo que recuerdan muy lejanamente a Radiohead, ideales para soñar con los ojos abiertos.
The Amazing es la mejor demostración de hasta dónde puede llegar el pop cuando se deja llevar, sin ponerse límites de tiempo en la composición de canciones, de instrumentos o estilos en el momento de la composición. Donde no sabrías decir si lo que estás escuchando es una canción folk, un arrebato de psicodelia o la forma más elaborada y precisa de belleza como se aprecia en Circle , con el único empleo de una voz, un coro y una guitarra.
It’s the morning you love the most
The circles around the room
I know I’ll never be
There to see you
It’s the nighttime I love the most
You hide inside the mind
I know you’ll never find
The way to get through

(Circles)

Guitarras que siguen lamentándose en To keep it going, en la imagen especular de Picture you , Fryshus¡funk¡, de nuevo una ristra de cuentas de tres colores diferentes: la voz, el coro y la distorsión guitarrera .O en la sutileza de Tell Them You Can’t Leave, que recuerda desde Kings of Convinience a The Smiths o hasta Camel.
Los suecos acaban de publicar disco. Se llama In Transit, y algo así merece comentario aparte.
Mientras tanto nada mejor para noches que no acaban que escuchar Pictures you.Aunque te haga llorar.

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Leon Bridges: Bad, bad news? No, good things¡

leon-bridges_good-thing

Coming home fue ya una buen aperitivo del que ya entonces fue bendecido bajo la estrella del nuevo Sam Cooke. De aspecto físico semejante y parecida elegancia a la hora de cantar, Leon Bridges estaba destinado a ocupar el trono del nuevo soul, a mitad de camino entre las antiguas esencias y las nuevas exigencias comerciales. Good thing, su segundo disco, confirma buena parte de lo mejor de aquel primero. Temazos como Shy, por poner un ejemplo, recuerda la cadencia lujuriosa de Marvin Gaye cabalgando a lomos de una reiterativa melodía. Al igual que en ésta última, Bridges es complemente ideal para noches destinadas a incumplir el sexto mandamiento a la luz de las velas ( reales o imaginarias): Beyond,Mrs, Be ain’t worth the hand que abre al disco, son todas elegantes versiones de soul de alcoba. En ese sentido podría parecer que no deja de ser un buen copista de las aantiguas  esencias. Pero el tejano es capaz de ampliar el horizonte en amplitud y profundidad: la amplitud que supone mezclar de una forma original ciertos tonos jazzys con algo hiphopianos ( en la magnífica Bad bad news) o la profundidad de Goergia to Texas, la canción que cierra el álbum, un homenaje a su madre, que escarba en el terreno que se esconde en los entresuelos del soul y que no es otro que el jazz.

A diferencia de Coming home, en Good things el tímido Bridges se lanza, moderadamente demelenado, al bailoteo funky: tanto If it feels good (then it must be) como You don’t know son carne de pista de baile de bola de espejos en el siglo XXI, si es que eso es posible.

Como no hay artista que no eche su borrón, Bridges la pifia en Lions una matraca insufrible. Pero en cualquier caso, el segundo disco de este tipo tan adorable son Good things, y  no Bad ,bad news.

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Jazz en Vitoria: siguiendo el camino de lentejuelas amarillas

Kool

(Foto: Los Kool en pleno delirio)

 

La deriva que llevan los festivales de jazz por atraerse muchedumbres capaces de competir con los festivales “guaysdelamuerte” no tiene límite. El primero que inició la tendencia fue el incomparable festival de Donostia, el mítico lugar por el que pasaron Miles, Dizzie, Ella Fitzgerald o Sarah Vaughan, y que ha acabado por albergar en los últimos años a gente tan variopinta como Echo and the Bunnymen, Brian Ferry o el Sr Lobezno.
Dando una vuelta de tuerca a esta deriva jaranera, en el año de despedida de Iñaki Anua, su creador del festival de Vitoria, éste eligió para un acto de semejante trascendencia nada menos que a Kool & The Gang, los verdaderos reyes de la lentejuela rancia. Bien es verdad que dos días antes se habían desatado los pródromos de lo que acabaría con llegar con la actuación de toda una diva del jazz llamada Carla Bruni , que llegó en su jet privado para ronronear un rato antes de volver a casa no fuera que se quedara sin pienso el gato.
Y así, a eso de las 11 de la noche apareció una chillona colección de saltimbanquis que más que una banda son una franquicia, duchos y esforzados mercenarios bien adiestrados en interpretar el repertorio de un grupo cuyo último disco conocido es de hace más de 10 años ( un bodrio) y cuyo éxito más reciente es de hace más de 30 años. De los miembros originales solo sobrevive “Kool” al bajo y Ronald Bell a los saxos y algún teclado; el resto muestra oficio, pero aportan poco beneficio al aficionado que se acerca a Vitoria esperando encontrar lo que el festival ofrecía a raudales hace solo unos años.
Para animar al entregado auditorio, ya rendido antes de llegar, el viejuno maestro de ceremonias se marcaba largas parrafadas que apenas él entendía, generalmente dirigido al etéreo e inclasificable colectivo llamado “ladies”, quizá con la pretensión de encontrar pareja de baile para alguna de sus piezas. Así fueron apareciendo temazos como Joanna, Jungle Bogie, o Freshhhhh, tras el fiasco que se llevó el líder pirata cuando a la pregunta de qué canciones quería el populacho escuchar se encontró con simples musitaciones: no hay que olvidar que buena parte de la generación asistente sigue cantando ¡qué cabrones¡ en lugar de Get down on it cuando llega el estribillo de la susodicha.
Acabaron como era inevitable con éste hitazo para culminar la faena con el inevitable Celebration ya con la gente desaforada pensando que por fin se había descubierto la máquina del tiempo y estaban de nuevo con 18 años en la discoteca de su pueblo.
Menos mal que como dicen los creyentes, Dios aprieta pero no ahoga. Y así, el que tuvo la picardía de llegar con tiempo pudo encontrar de teloneros a otra banda franquicia los Brooklyn Funk Essentials. Pero en este caso amigo, la banda parece más el combinado All Star del resto del mundo que la decadente exposición de lentejuelas. Una banda que juguetea con el funk, los ritmos africanos o turcos, y hasta la salsa. Eso sí el jazz lo tocan de refilón para salir soliviantados. Pero desde la voz solista de Hanifah Walidah a, sobre todo, la saxofonista Anna Brooks, lo que se escucha es un cóctel musical de alta graduación, asimilable hasta para los que pensaron ingenuamente que iban a escuchar jazz
Mientras tanto a un trío como el de Mark Whitfield y Ben Allison solo podía escucharse más allá de la medianoche en la barra del bar del hotel
Quo Vadiss Vitoria? Esperemos que no sigas por el camino de lentejuelas amarillas.

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Labi Siffre, el lado luminoso de la acera

remember my song

De entre los restos del naufragio del tiempo que llegan a la playa del presente, el último encontrado es el Labi Siffre, tesoro que viene a acompañar al de Sugarman Rodríguez, Bill Fay, Don Bryant o tantos otros genios injustamente olvidados.
Algún alma sensible ha tenido a bien volver editar esa colección de seis álbumes que publicó en la primera mitad de los años 70, a más de un disco por año, que comenzaron por su disco homónimo en 1970 y terminó con Remember my Song en el 75. Después silencio. Desapareció del mapa y de la escena. Se dedicó a su otra cara, la poesía. Pasados los años las imágenes de la brutal represión del gobierno del aparthaid le llevó a regresar de nuevo con un temazo como (Something inside) so strong, para rematar la faena con otros cuatro discos , mucho más desiguales, en la década de los 90. Y la luz de su vela musical volvió a apagarse.
El tipo que responde al nombre de Claudius Afolabi Siffre nació en Inglaterra hace 73 años hijo de un nigeriano y una inglesa de familia procedente de Barbados. La defensa frente a los continuados abusos sobre la población negra ( muy presente desde su primer libro de poemas, Niger) y de los derechos civiles de los homosexuales ( fue de los primeros en acogerse al matrimonio civil entre personas del mismo sexo aprobado en 2005 en Reino Unido con la pareja con la que había convivido más de 40 años) fueron dos de las banderas que siempre enarboló.
Siffre creció escuchando a los dioses del gran Olimpo, de Miles a Bird, de Monk a Gil Evans. De hecho sus primeras interpretaciones las realizó tocando el órgano en un grupo de jazz, que sigue dejando su impronta en toda su discografía, mucho más cercana al soul.
A menudo desconocemos quienes se encuentran detrás de esas canciones que son como los postes sobre los que se colgó el tendido eléctrico de nuestra vida. Una de las mías fue aquella canción de los Madness que se llamaba It must be love , el himno oficial de la banda, el soniquete que facilitaba darle a las desgracias del corazón el valor que realmente tienen: simples contratiempos. Esa canción no era de la banda de ska, lo que siempre creímos, sino de este tipo poco conocido de sensibilidad y generosidad enorme, que de hecho aparecía emboscado en la video oficial de Madness.

De la mano de una persona de sensibilidad inaudita y de una tienda de discos que practica la mejor arqueología musical, me llega un disco portentoso en el que desde la portada un tipo elegante, impecablamente vestido, mira con cierta arrogancia mientras sostiene un cigarrillo frente a una copa del vino que protege un decantador. Pura magia desde su primera canción (I got the…) que sampleó Eminem o Kanya West, pasando por el ritmo casi enfermizo de The Vulture, la descripción casi reggae del Hot and Dirt in the city, o del You’ve got a hold on me , el trote cochinero de sadie and the Devil a lommos de una armónica, los tiempos lentos de Old time song o la canción que titula el álbum, para finalizar con una de esas inyecciones de buen rollo que te propulsan inmediatamente a salir a la calle para pedir una caña en el primer bar que te encuentres.
Labbi Siffre, un tipo que te lleva de la mano por el lado soleado de la acera.

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Chet Baker: el arte de murmurar en la ducha

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Ayer hace ya 30 años Chet Baker cambió de barrio desde la fachada de un hotel de Amsterdam; le encontraron con serias heridas en su cabeza y las habituales trazas de cocaína y heroína en la sangre. Las interpretaciones sobre su muerte son múltiples y nadie sabe a ciencia cierta qué es lo que ocurrió: que si se intentó matar (raro en un tipo con más vidas que un gato), que si le tiraron por la ventana los camellos que le proporcionaban el alimento ( más entendible dado el juego de gato y ratón que se marcaba con ellos), e incluso la más peregrina, que si él mismo se cayó al vacío tras intentar entrar en la habitación por la ventana buscando su trompeta que había quedado allí olvidada, tras una trifulca con el dueño del hotel.

¡Qué más da¡

Nunca fue especialmente querido por la crítica y los medios. Aún hoy, 30 años después de que se diera el piro los medios de comunicación y los puristas exquisitos siguen con la matraca que no le llegaba a Miles a la suela del zapato. Pero,…¿Quién le ha llegado nunca a ese nivel?

Si vamos a eso ningún saxofonista podrá nunca existir tras haber pasado por aquí un tipo llamado Charle Parker, o ningún individuo podrá volver a empuñar el bajo tras la fugaz presencia de Jaco Pastorious.

Los sabios alimentan el menosprecio con ocurrencias del propio Miles , como aquella en que cuando Baker se disculpaba por haber sido elegido mejor trompetista del año lugar que debería haber ocupado él, Miles respondió que él y otros 14 más detrás.

Sí, ya sabemos la matraca: era un trompetista mediocre y además no sabía cantar. Sí, ya sabemos que era un mal tipo, que maltrataba a la larga ristra de amantes que le buscaron desesperadamente porque por desgracia para su memoria era condenadamente guapo. Sí, ya sabemos que era un tipo miserable, un drogadicto baboso como si hubiera sido el único en la historia de la música.

Nunca lo negó: basta con leer su autobiografía, Como si tuviera alas, editada por una de sus mujeres, Carol, donde no esconde ni una sola depravación de las muchas que practicó a lo largo de su vida.

Pero un tipo al que fue a buscar exprofeso un tal Bird para incorporar a su banda, al que pagó la dentadura completa Dizzie Gillespie tras una de las vendettas por su insolvencia, alguien al que soportaron tipos como Stan Getz, o Russ Freeman no puede ser una basura.

El gran Cifu con su habitual compasión fue quizá uno de los que mejor le definió: no era un gran cantante, pero convirtió en arte el murmullo debajo de la ducha. Cuando Baker canta parece que te canta a ti solo, como si en la penumbra de un hotel de mala muerte solo estuvieras él y tu, interpretando las mil y una heridas de tu corazón.

Fue de los pocos artistas en convertir una canción ajena en algo tan suyo que nunca volveremos a escuchar My Funny Valentine sin compararla con la suya. Él , el miserable colgado sin voz, el “mediocre” trompetista en opinión de los expertos tenía algo que muchos eruditos nunca rozarán siquiera: emocionar.

Si no lo creen no tienen más que escuchar Chet Baker in Paris

¡Muchas gracias, mal bicho¡

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Una noche con Morgan

Crónica del concierto de Morgan en Granada

(por Maite Azules)

morgan granada

No sé cuántos asientos quedaron libres el viernes pasado de los 547 que hay en la sala Manuel de Falla del Palacio de Congresos de Granada. A ojo, parecían pocos, de lo que estoy segura es que uno de ellos fue el que ocupó tu ausencia. Y es que quien no acudió al concierto de Morgan se perdió una de esas noches en las que ese ostentoso edificio deja de ser sede de congresos inútiles y se convierte de verdad en un Palacio.

El presagio de una buena noche se acentuó cuando Neil Young sonaba de fondo a la espera de que Carolina de Juan y los suyos salieran al escenario. A los primeros acordes de “Planet Earth”, le siguió “Blue Eyes”. Cuando llegó “The Child” ya estaba completamente rendida, no sé si a esa mezcla de soul, folk, funk… inclasificable pero a la vez reconocible estilo que crea esta banda o a la personalidad de Nina en el escenario, no sé si a esa voz tan profunda, rota y rasgada, mitad mezcal, mitad miel, que es capaz de bucear en los rincones más desconocidos de tu alma o a la complicidad de todos sus músicos, no sé si al slide que dejaba caer de vez en cuando el gran Paco López o incluso al hammond, sí ese que tanto te gusta, del Chuches. Quizás el bajo de Ove, según comentaba mi compañero de asiento, sobresalía algo más por encima de la guitarra, quizás junto a los ritmos acompasados de Ekain Elorza, no se podía hacer otra cosa que gritar, tal y como hizo mi vecino de delante: “pero ¡qué bonicos sois¡”.

Durante el concierto, hubo momentos Morgan en los que Nina no cesaba de alabar y acompañar a sus músicos, y hubo momentos Nina a secas. Esos son los que se alcanzan en temas como la escalofriante “Sargento de Hierro” o la herida abierta de “Volver”. Son instantes en los que el tiempo se detiene y su voz te quema como ya hiciera una noche de agosto este verano, cuando hizo salir la luna con la estremecedora “De haberlo sabido” de Quique González.

No me extraña que el segundo disco de Morgan se llame “Air” porque aunque Nina tiene que estar sentada para tocar el piano, con cada nota de su voz, se eleva y se hace aire. A Nina, o le ponen un cinturón de esos que tanto detestamos de los aviones o si no vuela y asciende. Como Holly Hunter en esa escena hacia el final de la película en la que se ata a su piano para morir arrastrada hacia el fondo del mar antes que abandonarlo. La enorme ingenuidad de sus comentarios: “es que esto es un milagro porque vamos a tocar a los sitios y la gente viene” contrasta con el grandísimo poderío de su voz. Su desnuda timidez te desarma, su voz te hace añicos. Escuchando voces así te das cuenta que el sonido tiene que curar, que tiene que ser cierta esa noticia de que escuchar música en directo te alarga, no se ya si la vida, pero claramente te alumbra cuando las noches se hacen oscuras.

Son varias las alusiones a su nuevo trabajo pero no se olvida de North, de las que sonarán también “Goodbye”, hasta alcanzar el punto álgido con la maravillosa “Home”, una de mis favoritas en las que sí es el momento de lucimiento de toda la banda. Tras un primer cierre con “Thank you” volvieron a subirse al escenario con “Cold”, para cuando se fueron definitivamente con “Marry you” ya estábamos de pie, y sí, no lo dudes, definitivamente todos queríamos casarnos con ella.

 

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Morgan: tan necesarios como el Aire

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¿Puede la fragilidad ser indestructible? Definitivamente sí. La voz de Carolina de Juan lo demuestra: parece que se va a romper en mil pedazos, que se quebrará de un momento a otro convertida en cenizas; pero como un extraño Ave Fénix, el endeble temblor de sus cuerdas vocales amplifica el sonido hasta poder romper el vidrio.
Air, el segundo disco de Morgan, no es más que la confirmación de que North no era una agradable casualidad, el disco de la cantante que interpretaba Charo con Quique González. en su último disco.
Morgan es difícil de encuadrar en familias, estilos o pandillas musicales. Hay veces que uno cree reconocer en la voz de Carolina algún lejano recuerdo a Lady Day (Be a Man) por su forma cautelosa de iniciar la canción, pero pronto cambia de opinión al reconocer trazas de aquellas viejas canciones de rythm’n blues que se perdieron al acabar los 90; del órgano desvencijado de una pequeña iglesia en día de domingo a la desolación de un bar un domingo por la noche cuando el tabernero está deseando cerrar ( A child).
Si Volver era la excepción de North en cuanto al idioma (pero no en cuanto al sobrecogimiento), la que corresponde a Air ( Sargento de Hierro) vuelve a estremecer, tanto por la melancólica atmósfera que teje el piano con guitarras vientos y coros, como (una vez más), por la forma de interpretarla: cómo si fuera la última canción a cantar o interpretar sobre la tierra.
El problema con bandas de voces tan excepcionales es que inconscientemente lleva a uno a no prestar la atención que merece al grupo que le acompaña: pero no hay más que ver el solo de guitarra del final de A Child y su vacile con la voz , o el juego de percusión tan sencillo pero tan efectivo de Blue Eyes, para comprobar que Morgan no es sólo una voz, aunque ésta sea probablemente la más demoledora que la música española ha tenido en décadas.
El viaje que proponen por todos y cada uno de los rincones de la música americana , que comienza en Planet Earth y las voces del Apollo Xi de fondo, con parada en las estaciones de Another road, Oh Oh o la magnífica Flying Peacefully , se resume en un colofón excepcional: el tema con el que se cierra el disco y muy probablemente sus conciertos durante una buena temporada.Marry you comienza con la voz de De Juan susurrando en la oscuridad, jugando con su impresionante registro, enunciando una letanía sólo acompañada discretamente, como desde otra habitación, por las guitarras. Y ese pequeño prodigio de apenas cuatro minutos, se hace catarsis cuando entra por fin la batería y se desbocan , completamente desenfrenados guitarras, viento y teclados , siempre guiados desde el pescante de la diligencia por esa voz frágil , pero tremendamente poderosa.
Ayer tocaron en Granada. Los que lo vieron no dejan de rememorar lo que vieron y escucharon. Hoy , a más de 7000 kilómetros me he colado en uno de esos recuerdos. Y me ha vuelto a confirmar lo que temía: la voz de Carolina de Juan siempre parece al borde la afonía, en el límite extremo de lo que es una voz bailando en la cuerda floja. Empuja a callar, escuchar y mirar hacia dentro: de tu vaso o de tu alma.
Muy pocas voces son capaces de hacerlo.

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